BACIS 40. UNA PELEA JURADA

La Legión de Oro pronto viajará a Cineris. Su misión consiste en investigar el caso de los Heraldos Negros y asegurarse de que la antigua ciudad rebelde siga hecha cenizas. Antes de partir deben esperar a que los miembros restantes lleguen al cuartel.

Gracias a los tres caballos de Phan el Grupo Chatarra acortó distancias y en pocos días se acercaron a la villa donde  uno de los Heraldos Negros atacó. Verro tiraba de las riendas y en la parte trasera de la carreta discutían Agelein y Sariel. Como siempre.

—No vuelvo a viajar contigo.

—Eso te lo digo yo, te la pasas durmiendo y roncando.

-—El sueño rejuvenece mi cutis, tonto,  algo que no entendería tu carota rostizada.

-—¿Qué dijiste de mi cara? – Agelein arrugó el rostro a propósito y lo acercó a Sariel.

—¡Aléjate, cara rostizada!

—Agelein. Sariel.

—¡¿Sí, Nad?!

—Cállense.

Entrar a Sunthaz fue como acceder a un mundo nuevo. A  donde quieran que voltearan los caminos se encontraban empedrados. Viñedos y huertas de árboles frutales adornaban la escena.

   En la región del sur  residían la mayoría de los nobles. Sus casonas abarcaban hectáreas completas junto a gimnasios de equitación o albercas semiolímpicas. Eli tuvo sentimientos contrariados. A pesar de admirar el panorama  repudiaba la riqueza excesiva de la nobleza.

—El reino es más grande de lo que imaginé – dijo Eli perdido en la belleza del lugar.

—Qué bello es Sunthaz, Majestad. – notó Kadu.

—Owww, owwww, owwwwww – Agelein no podía controlar su emoción.

—Estamos a punto de llegar a la villa, líder Nad – mencionó Verro.

—Ya veo.

Conforme se acercaban a su destino menos gente aparecía piscando la uva y el único rastro de transporte eran las ruedas de la carreta de Verro. A lo lejos una veintena de caballeros resguardaba la entrada del lugar. En sus armaduras colgaba una banderilla con el logo de la Legión de Oro.

—Soldados privados – apuntó Kadu.

—¿Solda qué?

—La Legión de Oro es el único gremio que tiene el derecho de desplegar las fuerzas del Imperio a su antojo, Agelein. Con el permiso del rey y el General Mayor– respondió Eli serio.

—Qué miedo.

—Recuerden que nos encontramos en territorios de la Legión de Oro. Debemos ser discretos – Eli miró de reojo a Nad.

—¿Qué me ves?

—Querido mío, creo que lo que el Príncipe Maravilla quiere decir es que no hagas una entrada muy impresionante. Aunque a mi puedes impresionarme lo que quieras – Sariel guiñó un ojo.

—Ya veo.

Los primeros en notar la presencia del Grupo Chatarra fueron los pocos sirvientes y campesinos que quedaban en las zonas aledañas a la villa. Se frotaron los ojos asegurándose de no estar presenciando un espejismo. Nad, la única persona conocida en todo Otaez  en tener incrustada en su pecho una palabra de Poder estaba allí.

    La guardia real se percató del alboroto y cerraron el paso en cuanto la carreta de Verro alcanzó la entrada. En un principio sólo se concentraron en el chófer, ignorando a los pasajeros.

—¡Alto, conductor! Te encuentras en una zona de cuarentena. Sólo tienen permitido el acceso Portadores oficiales del Imperio y mandos de alto cargo.

—Este… am…. – Verro titubeó  nervioso.

—Nosotros somos Portadores – dijo Nad.

Bajó de la carreta junto a Argos. Los soldados lo reconocieron al instante no sólo por los rumores de su enfrentamiento contra Ruber, sino por la noticia que les había dado Aurum. Que la Legión de Cobre tenía oculto a Phan.

—¡Es el traidor! – gritaron los soldados. —¡Arréstenlo!

Los guardias levantaron sus lanzas y rodearon con ellas a Nad. Más soldados aparecieron tras escuchar el escándalo y se unieron al arresto. La punta filosa de las armas amenazaba el cuello del joven  despreocupado.

—El amo siempre causa alguna impresión – dijo Kadu.

—Ahí va otra vez, lo primero que le dicen y lo primero que hace – se quejó Agelein fingiendo estar molesto.

—Es inevitable – suspiró Sariel.

El Grupo Chatarra descendió para enfrentarse también a la guardia imperial. Los soldados se vieron confundidos al encontrarse con el príncipe de Otaez. No sabían si hincarse o  arrestarlo, ya que de alguna manera  también formaba parte de quienes pretendían traicionar al rey.

—¡Majestad! – aullaron los soldados.

Por más que le advirtiera a Nad que mantuviera un perfil bajo, Eli sabía que cada vez sería menos posible pasar desapercibidos. Y con esto en mente habría de tomar la decisión de romper sus propias reglas.  Si querían que el imperio los tomara enserio sería necesario proceder de otra forma.

—¿Hay algún problema?

—¡Majestad! ¡ ¿Cómo puede estar con este grupo?! ¡Por favor retírese! ¡No nos obligue a arrestarlo!

—Cualquier decisión que haya tomado mi líder sólo puede ser juzgada por el rey de Otaez. Y mientras no exista la petición de una audiencia oficial ustedes están infligiendo la ley. De hecho, se encuentran amenazado al líder de una Legión y como tal podemos responder al ataque. Y entiendan de una vez, yo no soy ninguna majestad. Mi nombre es Eli. Portador y Segundo al mando de la Legión de Cobre.

—¡¿Segundo al qué?! – exclamaron Agelein y Sariel.

—Majestad –  Kadu se quedó sin palabras.

—¿Qué? – Nad lo miró extrañado.

—¡Guao! – ladró Argos igual de confundido.

Los soldados vacilaron sin bajar sus armas y Eli los retó. Sus compañeros se preguntaron si enserio tenía pensado atacar o si solo estaba actuando. La sortija del príncipe brilló y la guardia imperial sobrecogida se mantuvo rodeando a Nad.

—Calma, calma, aquí todos somos amigos.

En medio de los soldados apareció un hombre joven vistiendo un tabardo de oro. El cabello, lacio oscuro lo traía recortado al ras de la cabeza y sus ojos rasgados agregaban un toque de misterio a su figura. En la mano jugaba con una moneda de oro la cual lanzaba al aire y antes de que cayera volvía a arrojarla.

—Guardias, bajen sus armas.

 El Grupo Chatarra se preguntó quién era el desconocido y qué clase de poder tenía sobre los soldados. Kadu fue la única en reconocerlo pero prefirió mantenerse callada por miedo al recién llegado.

—Pssss, ¿Sariel, quién es ese? ¿Lo conoces?  – preguntó Agelein.

—Debe ser otro odioso de la Legión de Oro.

—Líder Nad, disculpe el atrevimiento de los soldados. Últimamente están paranoicos por los recientes hechos con los Heraldos Negros.

—Sí.

—Mi nombre es Moneta, no habíamos tenido el gusto de conocernos pero soy gran admirador suyo desde que lo vi luchar mano a mano con el Líder Ruber. Espero algún día llegar a tener ese nivel. Dicho sea de paso, soy el Segundo al Mando de la Legión de Oro .

 Hasta ese momento no se habían encontrado con ningún segundo al mando. Estos eran los individuos más cercanos en cuestión de fuerza y poder a los líderes de Legión. Eli recibió la respuesta como un desafío por parte de Moneta.

—Espero que sepa olvidar el malentendido, líder. Si gusta puede acompañarme a la villa.

—Claro.

Moneta los guió a través del poblado. Las casas estaban abandonadas y en cada esquina los soldados hacían guardia. Al llegar a la plazuela se encontraron con la espada que lentamente secaba todo a su paso.  El aurea que de ella se desprendía se igualaba con el de la muerte. Los pocos edificios alrededor caían desmoronados y en el piso aún permanecían las manchas de sangre del último combate.

—¡MO-NE-TAAA!

A un lado de la fuente descansaba la subordinada de Moneta. Agelein quedó boquiabierto con la belleza de la muchacha. El tabardo de oro ajustaba a la perfección con su altura y tez blanca. A manera de cintillo le colgaban varias jeringas y ladeaba la cabeza emocionada.

—¿Ya te gustó, Agelein? – dijo Sariel.

—¿Eh?

—Pues si te gustó vete con ella.

—¿Qué traes?

—Syringa, ven, quiero presentarme a la Legión de Cobre.

La joven realizó una reverencia para saludar a Nad y después a los miembros restantes. Agelein la tuvo que ver hacia arriba ya que le doblaba la altura.

—Líder Nad, ella es Syringa. Acaba de ingresar a la Legión el año pasado y se encuentra bajo mi cargo. Su trabajo consiste en brindar apoyo médico y recuperación de energía. Saluda.

—¡Houlaaaaa!

—Hola.

Syringa mantuvo la sonrisa congelada al saludar a Nad. Este no dio muestra de ningún interés y ni si quería le dirigió la mirada. Consternada,  forzó los labios a que siguieran sonriendo y apretó irritada las manos.

—¿Dónde se encuentra Talpa? Quiero que lo conozcan también nuestros amigos.

—Talpita está interrogando a más testigos en la bodega. Mo-ne-ta.

—Es una lástima, me hubiera gustado que lo conocieran. Pero ya tendremos tiempo.

—¿Esa es la espada de los Heraldos? – interrumpió Eli la conversación.

—Así es, Majestad. No le recomiendo que se acerque, recibimos noticias de que en Vakaras, dos Portadores de la Legión Esmeralda intentaron desenterrarla y sufrieron grandes heridas.

La espada no tenía nada de extraordinario. El óxido corroía  el metal y del pomo desgastado caía la pintura. El aura en su interior palpitaba, llamando a quienes la  vieran. El Imperio aún desconocía cuál era su verdadera función.

—Nad – susurró Agelein. – ¿Crees que puedas preguntar por Tora?

—No seas tímido – dijo Moneta escuchando lo que acababa de decir. – Te recuerdo bien, fuiste el único de los seleccionados con anillos de oro que decidió unirse a otra Legión.

—Ammm, sí, es que…

—Tranquilo, entendemos tu decisión. Y sobre el joven Tora… Está muerto – respondió Moneta tajante.

Se hizo un largo silencio y Agelein se quedó sin aire. Sariel le tomó la mano intentando no desmayarse de la impresión. Entre los dos habían liberado a Tora de los trillizos Merló y junto a Aznal, Surypa y Hedera formaron un lazo de amistad. Todos deseaban convertirse en Portadores y el sueño de uno había acabado muy pronto.

—¡Es broma! ¡Ja, ja, ja! ¡Tranquilos! Lo que sí es verdad es que resultó gravemente herido, pero ya se encuentra en recuperación en el cuartel. Aunque no sabemos hasta cuándo vaya a sanar. ¿Tú qué opinas, Syringa?

—Con el tratamiento especial que le administré estará como nuevo muy pronto.

Los Portadores de la Legión de Oro resultaban ser personas extrañas. Podían tomarse las situaciones más graves en broma o hacer la guerra de una discusión sin sentido. Agelein río fingiendo entender el chiste y Nad no aparto la vista de Moneta. Ocultaba algo e intentaba seguirlo haciendo con su amabilidad.

—Lo mejor será que vayan a la posada donde nos estamos hospedando para que puedan descansar y comer. Tengo que encargarme de unos asuntos ya que mañana partimos al cuartel, pero en cuanto termine vendré a despedirlos. Siéntanse en casa – dijo Moneta lanzando la moneda al aire.

Moneta y Syringa se estaban despidiendo cuando la espada de los Heraldos expulsó el aura que contenía por toda la villa. Los soldados levantaron sus armas y los Portadores reaccionaron al instante activando sus anillos. Las hebras de energía de la espada rodearon a Nad.

—¡¿Qué está pasando?! – gritó Agelein.

—La espada está reaccionando a él – dijo Eli intrigado – ¿Por qué?

—El aura que desprende es igual de fuerte que el de un líder – mencionó Kadu.

—¡Nad mío! ¡Escapa!

El aura rodeó el cuerpo de Nad llamándolo a que se acercara. Desde su llegada a la villa había sentido que alguien intentaba comunicarse con él. La espada sería la portavoz del mensaje. Argos retrocedió mientras Nad se acercaba al núcleo del poder.

—¿Tiene pensado tocar la espada? – se preguntó Moneta – ¡Líder Nad! ¡Espere! ¡Tenemos que comunicarle esto a la Asociación!

—Mo-ne-ta.

—¿Qué pasa, Syringa?

—Creo que te está ignorando.

Nad llegó hasta la espada.  Las hebras de energía intentaron tocarlo sin éxito, temerosa del joven con capa  se alejaban y volvían. Desde lo más profundo del óxido Nad recibió un saludo. El cual sólo fue escuchado por él.

Debes ser tú al que mi padre le incrustó la última palabra.

¿Quién eres?

Mortis.  Tú y yo hemos compartido la soledad y el rechazo del mundo. Las palabras con las que cargamos marcan nuestro destino y por eso quiero que me ayudes

¿Ayudarte con qué?

A esparcir la muerte.

Los escudos de los guardias imperiales comenzaron a oxidarse y los tabardos de los Portadores humeaban. El aura proveniente de la espada iba más allá que el de un anillo común. Su presencia se comparaba con el temor a cerrar los ojos para ya no abrirlos jamás.

Es tu palabra el temor más grande de los Dioses, Nad. Mi padre nos contaba historias antes de dormir acerca de una lucha interminable entre los Dioses y la NADA. Hasta que lograron encerrarla y prometieron jamás pronunciar su nombre de nuevo. ¿Entiendes ahora?

Tu padre…

Ya debes saberlo. Mi padre, la persona que te bendijo con la última palabra era uno de los 99 Dioses.

Lo sé.

 Desde el momento en el que a Nad le fue incrustada la palabra en el pecho supo que quien se la había otorgado era un Dios. Pero no se trababa de una bendición, más bien de una maldición con la que cargaría el resto de su vida.

Ayúdame, Nad. Y te diré más acerca de mi padre y la ciudad que construyó. Ven a mí y deja que te enseñé cómo utilizar tu palabra. Después préstame ese poder para asegurar la destrucción de Otaez y los Portadores. Ellos fueron la causa de que mi pueblo fuera olvidado. Ellos y sus ansías de conquistar el mundo. Ven a Cineris y juntos haremos cenizas este  Imperio. ¿Qué dices?

El Nad anterior habría aceptado la propuesta si con eso lograba acercarse más al paradero de Bacis. Aunque desde hace tres meses la situación era diferente. El joven dirigió la vista a sus compañeros de viaje.

Agelein, Eli, Sariel y Kadu se convertían en parte importante de su vida.

Me niego.

-Es una lástima escucharlo. Tenía grandes expectativas de ti, pero serás un buen ejemplo para que el Imperio se entere de lo que le espera. Serán las tres cuando la muerte vuelva, NADA. Aunque tú no seguirás vivo para presenciarlo.

La espada palpitó y los halos de energía giraron en torno a Nad encerrándolo. Eli intentó acercarse pero la presión que ejercía ese poder lo dejó inmóvil. Argos ladró desesperado y Kadu cayó de rodillas creyendo que presenciaría la muerte de otro de sus compañeros.

—¡NADDDDDDDDDD! – gritó Agelein.

—¡Eli! ¡Tenemos qué hacer algo! ¡Rapido! – rogó Sariel desesperada.

—No puedo moverme.

—MO-NE-TA

—Espera. Veamos de lo que es capaz el nuevo líder de Legión.

Encerrado en un ataque similar al que Nad realizaba dejó que el calor del interior entrara por sus poros. Gritos de ánimas caídas le llovían al oído intentando enloquecerlo y el olor fétido se impregnaba en su ropa. Era como encontrarse en la boca de la muerte. Un lugar en el que  ya había estado.

Ahora tengo un asunto pendiente contigo – dijo Nad.

¿Sigues vivo?

Puedes hacer lo que quieras con este Imperio, pero ni tú ni nadie tocará a mis subordinados y sus ambciones. Espérame en Cineris. Allí será nuestra verdadera lucha, Mortis.

Nad colocó su mano en el pomo de la espada y el aura que intentó asesinarlo fue anulada. Sin ningún rasguño, apareció de nuevo ante sus compañeros en medio de la fuente y con el arma que todo secaba a su paso más oxidada.

—Está intacto – dijo Syringa sorprendida.

—No se podía esperar menos del joven que está al nivel de Ruber – sonrió Moneta lanzando la moneda al aire.

—¡Nad mío! ¡Sigues vivo!

El Grupo Chatarra se acercó a su líder preocupados. Ni la capa, los guantes o el parche habían sufrido daño. Nad los recibió con el rostro imperturbable. En el interior se encontraba satisfecho de la decisión que había tomado.

—Amo, yo, yo, creí que lo íbamos a perder – dijo Kadu sollozando.

—¡Por favor! ¡Deja de darnos sustos así! – exclamó Agelein.

—¿Qué fue eso, Nad? – preguntó Eli.

—No sé.

—¡Líder, Nad! ¿Se encuentra bien? ¡Disculpe que no haya podido ayudarlo, pero mi nivel es muy inferior al suyo! – se apresuró Moneta a dar una excusa.

—Ya veo.

—Por favor, cuéntenos qué sucedió allí dentro, es información que podría servirnos.

—No sé.

—¿Cómo que no sabe?

—No recuerdo qué sucedió.

Todos se vieron extrañados. Moneta no quiso insistir más. Al igual que él, Nad ocultaba algo que no quería revelar. Lo único que podía hacer por ahora era seguir tratando a la Legión de Cobre de la mejor manera.

—¡Si es así por favor vaya a descansar! ¡Tal vez después recupere la memoria con un buen sueño!

—Sí, eso haré.

—Mañana en temprano vendré a ver cómo sigue, ahora debo ir a escribir un mensaje de lo sucedido y continuar con mi trabajo. Syringa despídete.

—Adious.

—¡Descanse, Líder Nad! ¡Mañana temprano vendremos! ¡Y por favor eviten salir de noche!

Moneta y Syringa se retiraron. Nad y los otros se dirigieron a la única posada abierta, caminando entre los guardias, quienes impresionados se alejaban de estorbar a Nad con sus lanzas desmoronadas. Ahí fue donde descubrieron que hubiera sido en vano intentar arrestarlo.

—¿Qué podemos hacer para que recuperes la memoria, Nad?

—¡No lo presiones, Agelein! ¡Es un milagro que siga medio cuerdo!

—La Señorita Sariel tiene razón, es mejor que no lo presionemos. Han sido muchas emociones para un mismo día.

—Nad no perdió la memoria – dijo Eli.

—¡¿Eh?! – exclamaron Agelein y Sariel.

—Eli tiene razón – respondió Nad.

—¡¿Eh?! – exclamaron de nuevo Agelein y Sariel.

—La Legión de Oro no puede enterarse de esto.

—¿De qué? ¡Dinos, Nad! – rogaron Agelein y Sariel.

—Cineris. La ciudad hecha cenizas,  fue construida por uno de los 99 Dioses.  Por el Dios que me incrustó la palabra NADA.

—¡¿Ehhhhhhhhhhhh!?! – exclamaron esta vez todos, incluyendo a  Argos.  

La Muerte y la NADA se conocen por primera vez. Será en Cineris donde se enfrenten. Por otro lado, la Legión de Oro oculta un secreto el cual tienen miedo pueda ser descubierto. Es de noche y sobre la oscuridad de la villa gritos de auxilio son apagados. ¿Por cierto? ¿Dónde está Verro?