BACIS 38. EL VIAJE QUE INICIA

El ataque de los Heraldos Negros en las cuatro regiones del Imperio tiene conmocionado al pueblo. Estos hechos interrumpen los preparativos para el festejo de los diez años y alteran el orden en el palacio real. La mano que controla el mundo se ve amenazada y decide utilizar cada uno de sus dedos para controlar el futuro de sus enemigos.

Los mayordomos corrían de un lado para otro, las sirvientas desempolvaban los muebles los jardineros podaban los árboles y los cocineros preparaban un festín. No sabían de qué manera reaccionar ante la noticia. El rey acababa de salir de su habitación.

En la sala del trono los líderes de cada Legión esperaban. Nad era el único ausente y los demás mostraban un semblante afligido. Sus subordinados se habían enfrentado a los Heraldos Negros y el resultado fue atroz. Sólo Ruber podía estar tranquilo, ya que ninguno de sus compañeros participó en los enfrentamientos.  

—Arriba.

El rey de Otaez apareció ante la sala. Iba cubierto con un manto de seda haciendo imposible ver alguna parte de su cuerpo. Una larga fila de criados sostenía la tela para que no rozara el piso y cuatro pelotones militares lo escoltaban.

Los cinco líderes  se pusieron de pie e hicieron una reverencia. Colocaron una de sus rodillas en el suelo, inclinaron la cabeza y colocaron su mano izquierda en el pecho.

—Pueden sentarse. Ustedes – se dirigió a la comitiva que lo acompañaba. – Retírense hasta que les hable y cierren las puertas.

Acomodó la seda en el asiento para que no le estorbara. La sala había fungido desde los inicios  como un punto de reunión para tomar las decisiones más importantes en el reino. Alrededor siete sillas adornaban la mesa, una por cada líder de Legión  y otra para el rey.

—¿Acaso no nos hace falta alguien?

—¡Majestad! ¡Hay algo que debe saber acerca de ese joven y el motivo de su ausencia! – se adelantó Aurum. ¡Está conspirando contra usted, Majest…!

—Calla – el rey levantó la mano debajo de la seda y Aurum guardó silencio. – Ya tendremos tiempo de discutir las acciones del joven Nad. Un motivo debe tener para resguardar a Phan en su cuartel. Recuérdenlo, ningún secreto puede ser oculto para los Dioses.

Al decir esto volteó al asiento de Ruber. A pesar de estar cubierto por la seda advirtió la presión que ejercía la mirada del emperador. El rey era considerado la reencarnación de los Dioses sobre la Tierra, por lo que no había secreto o noticia que no supiera.

—Esta mesa me trae buenos recuerdos. Aquí fue donde los nombré líderes de después de la guerra. Ojalá Dríada siguiera entre nosotros. Han hecho un excelente trabajo, deben sentirse orgullosos.

Persa intentó contestar, por sus ojeras podía saberse que llevaba varios días sin dormir. Chappir no quiso abrir los ojos y se entretuvo en sus propios pensamientos. Argen se sobresaltó al escuchar el nombre de Dríada y Aurum no lograba controlar las venas que le brotaban por las sienes del enojo.

—La derrota que acaban de sufrir sus subordinados les enseñará importantes lecciones. Afortunadamente ninguno murió. Sin embargo, la mayoría ha sufrido heridas con las que tendrán que cargar el resto de su vida.  Líderes, respóndanme una cosa. ¿Acaso no nos deshicimos de los Heraldos Negros hace diez años?

Las palabras del rey cambiaron de tono. Ya no era la voz cálida y comprensible. Esperó a que uno de los líderes decidiera responder y al no recibir respuesta le dio un puñetazo a la mesa. Los otros se sobresaltaron y parecieron despertar del sueño.

—Dentro de unos meses festejaremos los diez años de paz que tanto trabajo nos costó. Y me incomoda pensar que alguien aparezca bajo del nombre de mis viejos enemigos para alterar la felicidad con la que vive el pueblo. Vuelvo a preguntarme ¿Acaso no El Mensajero del Sol hizo cenizas la ciudad de los infieles?

Ruber era el único tranquilo ante la situación. Los líderes se encontraban demasiado perturbados como para entablar una conversación. Incluso Aurum prefirió no hablar. El daño que habían sufrido sus subordinados los tenía devastados.

—Aunque esta también es una oportunidad. La incompetencia de los Portadores nos ha dado la oportunidad perfecta  de revelar el rostro de quienes me quieren derrocar.

—Qué quiere decir, Majestad? – preguntó cauto Ruber.

—Ruber. El Portador más fuerte de todos los tiempos. Sin ti no hubiéramos podido ganar la guerra y desde entonces te convertiste en la voz de todos los líderes. Mi querido Ruber, nuestros verdaderos enemigos no quieren dar la cara todavía. Se ocultan creyendo que atacarán cuando ellos lo deseen. Pero no es así, y es que nadie pudo haber predicho la reaparición de los Heraldos. Por ello los utilizaremos sin que se den cuenta. Serán la carnada que los obligue a salir. ¡Escuchen bien!  El pueblo será informado que estos Heraldos forman parte de la conspiración que hay contra mí y que por fin han decidido iniciar con su plan. Aurum, tú y tu Legión partirán cuanto antes a Cineris para asegurarse que nada siga vivo allí. Los demás vigilarán día y noche las espadas que fueron clavadas en las cuatro regiones. Y cuando los falsos Heraldos sean derrotados, porque lo serán, declararemos nuestra primera victoria ante el grupo rebelde. Veamos si esto no los obliga a dejar su escondite.

A Ruber no le sorprendió la frialdad con la que el rey tomaba decisiones. Por algo su Imperio había perdurado durante siglos. Cada que se le presentaba un problema observaba con atención las piezas del juego para moverlas a su conveniencia. Uno nunca debía confiar en su aparente gentileza.

—¿Alguna objeción?

La pregunta en realidad era una broma. Nadie podía estar en contra de su palabra y le gustaba reafirmar el poderío que tenía sobre los demás. Los líderes debían acatar las órdenes, guardar silencio y retirarse cuando el emperador lo deseara. El único problema es que Ruber jamás se quedaba callado.

—Majestad, con todo respeto, pero la idea de esa conspiración se ha formado entre los rumores de la gente. Nuestra Legión no ha encontrado ninguna pista o certeza que compruebe su existencia.

—¿Estás seguro, Ruber?

—Sí, Majestad – respondió con total seriedad

—Dame tu mano.

Los líderes se miraron extrañados ante la petición del rey. Y es que tocarlo simbolizaba lo mismo que ser bendecido por los Dioses. Aurum se retorció en su asiento de la envidia ya que sólo una vez había recibido tal privilegio.

—¿Tengo que repetirlo, Ruber? Dame tu mano.

—Será un honor, Majestad.

 Estiró su brazo con la palma apuntando hacia abajo y el rey sacó su mano de la seda. La piel que se mostró comprobaba que el emperador a pesar de su aura divina podía morir como cualquier persona. Sus dedos cargaban años de historia y las manchas de una vejez temprana lo acompañaba. Tomó la muñeca de Ruber y la apretó dos veces.

—Que viva el Imperio, Ruber. El verdadero rey está en la casa.

El Portador más fuerte de todos los tiempos sólo inclino la cabeza en señal de respeto y retiró su mano cuidadosamente. Sin más qué decir el rey se levantó de la silla al mismo tiempo que los líderes volvían a arrodillarse.

—Espero que hayan entendido las ordenes que acabo de encomendarles. No quiero que nadie más que Aurum investigue Cineris. Por ahora pueden retirarse. Asegúrense de vigilar bien las espadas y díganle a los Portadores que lucharon contra los Heraldos que tendrán una condecoración especial dentro de unos meses en las fiestas de celebración. Hasta pronto, Líderes.

Las puertas de la sala fueron abiertas y en cuestión de segundos el emperador ya se encontraba rodeado por su séquito. Los cinco líderes se quedaron postrados de rodillas hasta que desapareció de su vista. Ruber apretaba con odio el puño en su pecho. El mismo que se suponía mostraba lealtad al Imperio.

Los pájaros se acurrucaron en sus nidos y las ardillas se refugiaron en sus escondrijos para no ser molestados por el ruido. Durante semanas el repiqueteo de los martillos y los clavos no habían dejado de sonar en el pueblo donde vivía la Legión de Cobre no paraba.

El altercado de Phan ayudó a que las familias renovaran sus viviendas. Se cambió la madera vieja de los techos, los vidrios empañados de las ventanas y empedraron la avenida principal. Incluso en la entrada del poblado colocaron un poste que indicaba las rutas para llegar al reino.

—¡Deja de jugar y ayuda!

Agelein jugaba con Yuma y otros niños cuando Sariel le gritó. Esta iba acompañada de Kadu y juntas eran las encargadas de repartir el agua y la comida entre los trabajadores. Las labores en la mina se detuvieron para avanzar con la reconstrucción. Sariel traía recogido el cabello y Agelein se sonrojó al notarlo.

—¡¿Qué me estás viendo?!

—¡Nada! ¡Ni quién quiera verte!

—A veces me cae gordo y más ahora con el nombre que le puso al perro. ¿Cómo se le ocurrió?

—Es un cuento infantil muy famoso en la región de Austan, Señorita Sariel – respondió Kadu cargando las charolas con jarras de agua fresca.

—¿Necesitan ayuda?

Eli pasó a un lado de ellas sosteniendo un tronco encima de sus hombros y con el tabardo a media cintura. El sudor le escurría por el pecho y en los brazos le saltaban las venas por el esfuerzo. Su cabello plateado relumbraba al toparse con la luz del sol.

—¡Tápate, descarado! – exclamó Sariel.

—¡Ma, Ma, Ma, Majestadddddd! – gritó Kadu dejando caer las charolas y cubriendo su rostro con las manos.

—¡Tenemos un visitante!

Los trabajadores más cercanos a la entrada del pueblo vieron llegar al forastero y avisaron para que los demás estuvieran atentos. La Legión de Cobre no se había presentado en la Asociación de Portadores por ayudar a la reconstrucción, así que no estaban enterados del ataque de los Heraldos.

El individuó atravesó medio pueblo en su carreta. Venía a toda velocidad y al parecer no había descansado ni un solo día. Detuvo al caballo en seco y saltó de la carreta, se notaba desesperado y exhausto por el viaje.

—¡Estoy buscando a Nad! ¡Me dijeron que podía encontrarlo aquí! ¿Saben dónde se encuentra?

Los pobladores titubearon y mejor se dirigieron hacia los Portadores. Nad iba convirtiéndose en alguien de interés para el mundo. Lo primero que pensaron es que el rey ya se había enterado que tenían resguardados a Phan y su grupo. Eli, Sariel, Kadu y Agelein se acercaron al joven.

—¿Quién lo busca? – preguntó Eli.

—¡Majestad! – el joven reconoció a Eli y se hincó. — ¡Disculpe mi falta de respeto!

—Sólo dime Eli.

—¿Y este quién es o qué? ¿Y por qué grita el nombre de mi futuro esposo tan confianzudo? – Sariel le hizo una señal con los dedos  indicándole que lo estaba vigilando.

—Creo que lo conozco de algún lado – Agelein se rascó la cabeza intentando recordar.

—¿No eras un candidato a Portador en el examen de este año? –le preguntó Kadu.

El joven ya tenía previsto que no lo recordaran. Se trataba del adolescente quien fue el primero en ser eliminado en los combates del coliseo. Se había enfrentado a un Portador de la Legión de Plata y duró menos de un segundo.

—Sí, me llamo Verro.

—¡Ahhhhh! – exclamaron Agelein y Sariel. – ¡Eres el que salió volando por el techo y se desmayó!

—No me siento muy orgulloso por eso. Después de que me eliminaron tuve que entregar mi anillo y no pude regresar a mi pueblo por la vergüenza. Estuve trabajando en varios lugares hasta que conocí al jefe Miz.  Me dijo que si alguna vez sucedía un problema buscara a Nad.

—¡Mizzzzzzz! – exclamaron Agelein y Sariel.

—Así es. Soy el embajador de su nueva empresa llamada Servicios de Transporte y Comida  Miz. Nuestro lema es: Viajamos hacia donde el cliente lo necesite.

Los cuatro se quedaron mudos. No hace mucho que Miz los había dejado en la mansión de la Legión de Cobre. Y ahora su servicio de carretas se expandía con Verro como su primer empleado. Querían saber más pero detrás de ellos se acercaba la persona a la que el joven estaba buscando.

—Argos, ven.

Nad apareció por la avenida. El perro reaccionó al nombre de Argos y se acercó a su dueño. Los pobladores detuvieron sus actividades para saludarlo y este siguió su camino.

—Amado mío, este vasallo viene a buscarte y jura que lo mandó Miz, permíteme darle un escarmiento por ser tan confianzudo — dijo Sariel.

—¡Nad! ¡Es el que perdió en el coliseo! ¿Te acuerdas? – agregó Agelein.

—Hasta que apareces– comentó Eli.

—Amo, este joven lo busca y viene de muy lejos sólo para verlo – dijo Kadu.

—Ya veo.

. El perro se lanzó sobre Verro para olfatearlo y decidir si pasaba la prueba de confianza. Le lamió los zapatos, probó sus agujetas y dio vueltas a su alrededor. El joven se sentía diminuto frente a Nad. Sólo lo había visto de lejos en el examen y al igual que muchos creyó que sería eliminado por no utilizar una sortija.

—¡Líder Nad! ¡Es un placer encontrarnos de nuevo! ¡El jefe Miz le tiene mucho respeto y me dijo que si algo llegara a pasar podía contar con usted para que nos ayudara! ¡Y algo sucedió!

—¿Qué cosa?

—¡Un caballero atacó la villa donde me encontraba y derrotó a cuatro Portadores de la Legión de Oro! ¡ No pude hacer nada! ¡Lo primero que se me vino a la cabeza fue venir a buscarlos y pedir ayuda!

—¿Llegaste desde el sur? – lo interrogó Eli.

—Sí, la villa se encuentra a unos cuantos días, allí fue donde conocí al jefe Miz hace poco.

—Nad – dijo Eli.

—Lo sé.

—¿Qué está pasando, Nad? – preguntó Agelein. ¿Por qué tú y Eli se comunican con dos palabras?

—Los Portadores que fueron derrotados son los mismos que vinieron a detener a Phan – respondió.

—¡¿Qué?! ¡¿Cómo sabes?! ¡Entre ellos se encuentra Tora!

—Agelein – comenzó Eli. – Al sur de nuestro cuartel se encuentra la base de la Legión de Oro, por lo que Tora y su grupo debían estar regresando cuando se toparon con el caballero que menciona Verro.

—¡Nad! ¡Tenemos que ir a salvarlos entonces! ¡Aunque uno de ellos quiso arrestarte!

—Mmmmm.

—¡Nad! ¡Vamos!

—Verro ¿Recuerdas otra cosa acerca del caballero? ¿Cómo vestía? ¿Dio algún motivo para atacar? – preguntó Eli.

—¡Ahora que lo pienso! ¡Utilizaba una armadura negra y un casco con el rostro de la muerte! ¡Y le dijo a los Portadores que los Heraldos Negros estaban de regreso!

—Los Heraldos Negros … – reflexionó Eli. ¡Los Heraldos Negros! ¡¿Cómo es posible?!

—¿Qué tienen?

—Nad, los Heraldos Negros fueron los principales enemigos en la guerra de hace diez años y provenían de la ciudad que se encuentra en los límites del mundo. Ci… – Eli fue interrumpido.

—Cineris – sonrió Nad.

El viaje hacia el fin del mundo no podía prolongarse más. A Sariel, Agelein y Kadu les resultó extraño que su líder pudiera sonreír. Ahora habría que descubrir si él estaba lo suficientemente preparado como para contarle a sus compañeros y emprender el camino que llevaría a entender el libro escrito por Lura.

—Todos, al cuartel– dijo Nad.

—¿Así que el momento ha llegado? – agregó Eli.

—¡¿ Qué momento?! ¡Nad, dinos algo!  ¡Eli, ¿qué es lo que se aguardan?!

—Sólo él tiene el derecho de decirlo, Agelein.

Nad se dirigió a la mansión seguido de sus compañeros. El corazón le latía con fuerza. De  algún modo no deseaba que los demás se vieran involucrados e esta travesía. Sin embargo, el viaje no podía hacerlo solo por más que quisiera. Decidido a entregar por completo sus sentimientos dio media vuelta y confesó.

—Encontré una pista sobre el paradero de Bacis, pero la única forma de comprobarlo es yendo más allá del fin del mundo. ¿Quieren acompañarme?

Sorprendidos no supieron qué decir. Encontrar Bacis era la meta de su líder y aunque aún no entendían del todo qué significaba aquello de recuperar su nombre una punzada en su interior les indicó que se avecinaba algo grande.  Y ahora los invitaba oficialmente a formar parte de ese viaje. Emocionados y con Agelein llorando de la alegría alzaron los puños al aire y le contestaron a su líder.

—¡Sííííííííí ¡Vayamos juntos al fin del mundo!

Argos dio un brinco y sacó la lengua emocionado. La legión de Cobre se preparaba para ir  más allá de lo permitido.

Cineris espera impaciente la llegada de la NADA. El enfrentamiento contra los Heraldos Negros se aproxima y la pregunta más importante es… ¿En verdad la Legión de Cobre está lista para luchar a ese nivel? ¿O puede que nos encontremos ante una fatal derrota?