BACIS 37. LA MUERTE NO OLVIDA

Nertru, Sunthaz, Vakaras y Austan. Las cuatro regiones en las que se divide el Imperio de Otaez hoy fueron atacadas. Cerca de los cuarteles de las Legiones aparecieron cuatro Heraldos Negros secando todo a su paso. Llevaban consigo un mensaje para el Rey. La muerte no olvida.

Vakaras o la región del oeste es famosa por albergar la mayor vida vegetal y animal del reino. Un paisaje selvático decorado con ríos cristalinos se extienden por kilómetros. Los pocos que aquí habitan se dedican al turismo o a los viajes de exploración. Es el destino favorito de los nobles para vacacionar.

También es el sito donde se asienta el Cuartel de la Legión Esmeralda. Protegiendo la Tercera Esquina de la Tierra. En alguna parte de esta zona, entre la maleza y la algarabía de las aves se acerca un caballero. Trae puesta una armadura negra y un yelmo con el rostro de la muerte. En la cintura porta una espada y en la mano un anillo esmeralda. Cada que pisa todo lo que está a su alrededor se marchita.

Enfrenta a tres Portadores que  no han logrado vencerlo.

—¡No hemos podido hacerle nada! ¡¿De qué está hecho?!

—Aznal, si te desesperas no vas a llegar a ningún lado.

—¡Pero, Hormi! ¡Es invencible!

—¿Orcus, cuál es el plan?

—Seguir retrocediendo.

Micida y Orcus se encontraban entrenando a Aznal cuando apareció el caballero. Los rumores de una posible conspiración contra el rey se esparcían al igual que la aparición de cuatro jinetes que secaban el ambiente allá donde iban.

—Debe estar al nivel de un líder de Legión, nuestras probabilidades de ganar son escasas. Lo mejor que podemos hacer es enviar a alguien al cuartel para que informe de lo sucedido y traiga refuerzos. Ese serás tú, Aznal. Micida y yo no podemos ponerte en riesgo.

—¡No puedo dejarlos aquí, hermano Orcus! ¡Además yo también soy un Portador!

—Aznal, estás bajo mi cargo. Si algo te llega a pasar no podré perdonármelo.

Orcus convertido en orco intentaba que Aznal escapara, sin embargo este sostenía dos lanzas en cada mano listo para pelear. Micida ponía atención a los movimientos del caballero con un par de antenas de hormiga en la cabeza que le permitían deducir el ataque de su enemigo.  

—Su armadura me parece similar.

—Creí que sólo yo lo había notado, Micida. Pero no puede ser, la líder Persa nos contó cómo junto a los demás líderes los derrotaron en la guerra.

—Lo sé, pero en caso de que fueran ellos…

—Tendría que haber otros tres y podríamos descartarlos de formar parte de la conspiración contra el rey.

—¡Ey! ¡¿De qué hablan?! ¡Cuenten! – exclamó Aznal.

—Sólo hay una forma de saberlo – Orcus se dirigió a su oponente. –¿Qué es lo que buscas en Vakaras y por qué vistes esa armadura? ¿Sabes a quiénes pertenecía?

El caballero se detuvo. Los insectos que pasaban a los lados de las espuelas caían muertos. Su voz femenina y mordaz resonó por la selva desvelando que se trataba de una mujer.

—Los habitantes de Otaez  han olvidado que el pasado nos tiene atados y que cada día que pasa nos arrastra de regreso a donde empezamos. Que conforme nuestra memoria olvida, la cadena del pasado aplaude. Somos el pasado que enterraron hace diez años. Los Heraldos Negros que volvieron de la muerte.

La caballera desenvainó su espada. Un arma oxidada, sin filo y con el mango desgastado. Los Portadores se pusieron en guardia. Aznal apretó sus lanzas, Orcus preparó sus puños y Micida alzó las antenas. En lugar de atacarlos, clavó la punta de la espada en la tierra.

—¡ ¿Qué estás haciendo?! – le preguntó Aznal.

—Serán las tres cuando la muerte vuelva. Y en su nombre hablarán cuatro espadas – concluyó el Heraldo.

El arma era la que en realidad secaba todo a su paso. Penetrando en las raíces de la tierra y llegando a las venas de los árboles. Marchitando las flores y dejando sin vida a los conejos. La mujer no dijo nada más y se esfumó por la selva.

—¡Hermano, Orcus! ¡Hay que atraparla!

—Aznal, ¿no te diste cuenta de algo?

—¿Qué cosa, Hormi?

—Esquivó todos nuestros ataques sin la necesidad de utilizar su anillo.

—Regresemos al cuartel, y Aznal, por favor no toques esa espad… Orcus no pudo terminar de hablar.

Aznal se lanzó a la espada para intentar desenterrarla. Colocó ambas manos en el mango, presionó los pies en la tierra y jaló. El arma no cedía ni un centímetro y pesaba más de lo que pudo imaginar. Su tabardo se comenzó a desmoronar y sus palmas se descarapelaban.

—¡Ahhhhh! ¡Mis manos! ¡Mis manos! ¡Mis manos!

—¡Suelta la espada! – gritó Micida.

—¡Estoy atorado! ¡Hormi! ¡Orcus! ¡Ayúdenme! ¡No puedo morir sin antes haber conseguido novia como Agelein!

Orcus se colocó a espaldas de Aznal. Lo apretó de la cintura con sus brazos de orco y lo trajo consigo. Su piel también comenzó a descarapelarse, al estar en su forma transformada no tenía zapatos o ropa que lo cubrieran. En los dedos de sus pies le nacieron llagas que se reventaron y su torso quemaba.

—¡Tampoco puedo soltarme! ¡Micida! ¡Regresa al cuartel! ¡Pronto!

—¡Orcus, no puedo dejarlos aquí!

—¡Es una orden! ¡Resiste, Aznal!

—Hermano Orcus, me siento mal.

—¡Rápido, Micida! ¡Corre!

—¡Por favor, no se rindan! ¡Volveré pronto! ¡Micidint! ¡Extensión de hormiga!

Micida pronunció el enunciado de transformación. Manos y pies tomaron la forma de las patas de una hormiga. Salió a toda velocidad rumbo al cuartel de la Legión Esmeralda. Orcus a pesar de sentir cómo su piel se descarapelaba intentaba mantener consciente a Aznal, quien poco a poco se rendía. Sus manos sangraban y la sequía de la espada ya había comenzado a invadir su cuerpo.

—Resiste, Aznal. Resiste.

—Hermano Orcus, si nos libramos de esta no me hagas limpiar las almohadas de la líder Persa.

—Es lo primero que te pondré a hacer. Pero no te rindas. No puedo dejar que un compañero muera frente a mí. Resiste, Aznal. Resiste.

Nos trasladamos al este. Austan. Su llanura es el hogar del ganado y las cosechas de trigo más importantes del Imperio. Los nobles cuentan aquí con múltiples pueblos bajo su mandato, enriqueciéndose y aprovechando la fertilidad del suelo. En esta región se encuentra el cuartel de la Legión Zafiro. La Cuarta Esquina de la Tierra.

A campo traviesa tres Portadores luchaban contra un caballero. Vestía una armadura negra y un yelmo con el rostro de la muerte. Su mano iba adornada con un anillo rubí y en la cintura reposaba su espada. No parecía estar herido y cada que caminaba sus pasos marchitaban el alrededor.

—¡Una vez más! ¡Mambent!

—¡Allá voy, hermano! ¡Cascaent!

Los Trillizos Merló peleaban contra el enemigo. Merló 1 y 3 atacaron con sus cuellos convertidos en serpiente. Uno como una mamba negra y el otro como una serpiente de cascabel. Merló 2 se encontraba hincando tratando de recuperarse.

     Estiraron el cuello, abrieron sus bocas y mordieron la armadura. Quisieron atravesarla pero sus colmillos no pudieron hacerle ninguna perforación y el veneno escurría por el metal. Este era su décimo intento y las mandíbulas ya les dolían.

—No debimos alejarnos de Akkor– dijo Merló 2 en el piso.

—¡Cállate! ¡Los nobles no podemos permitir que un pueblerino nos dé órdenes! – exclamó Merló 1 retrayendo su cuello.

—¿Qué hacemos, hermano? – preguntó Merló 3.

—¡Pelear! ¡Mambent!

Merló 1 atacó de nuevo moviendo su cuello en zigzag y con las fauces abiertas. El color de la mamba negra se expandía hasta su rostro y su lengua viperina externaba desesperación. El trillizo detestaba la idea de ser derrotado. Enterró sus colmillos en el hombro del caballero y apretó la mandíbula intentando perforar la armadura.

—No tengo ninguna intención de pelear contigo o tus hermanos, ¿por qué quieres entonces apresurar tu muerte? – dijo el caballero apretando su cuello. – En tus ojos no veo el terror de la guerra. Jamás has presenciando la muerte de alguien y por eso eres tan impulsivo. Hoy sólo vine a dejar un mensaje y quiero que ustedes lo compartan. Los Heraldos Negros estamos de regreso.  

El Heraldo desenvainó su espada con el brazo contrario mientras sostenía el cuello de Merló 1. Sus hermanos perdieron el aliento al creer que lo decapitaría. En cambio, el arma oxidada y carcomida fue clavada en el suelo. Esta pronto comenzó a secar los pastizales de la llanura.

—Pero si lo deseas puedo enseñarte que la oscuridad es lo más cercano a la muerte–el caballero apretó más fuerte su cuello.

—¡Déjalo! – gritó Merló 3 temblando de desesperación.

—Si tan sólo pudiera pararme– susurró Merló 2.

Los ojos de Merló 1 se llenaron de sangre. El oxígeno estaba dejando de pasar a los pulmones y la cabeza le zumbaba. Su visión se volvía borrosa y los colmillos perdieron la fuerza para seguir mordiendo. Su lengua ya no siseaba y al otro extremo su cuerpo caía de rodillas.

¡Acordent! ¡Apoyo musical!

Una tonada inundó la llanura. Era la melodía de un acordeón que viajaba por el campo y hacía bailar los girasoles. Un Portador acababa de llegar, vestido con un tabardo zafiro y un acordeón sobre su pecho. Cada que presionaba una tecla la música salía en forma de aura.

—Por eso no quería hacerme cargo de los nobles. Siempre se creen mucho hasta que se topan con alguien más fuerte.

—¡Akkor! – exclamó Merló 2.

Akkor era el encargado de los Trillizos Merló. La palabra que contenía su anillo era Acordeón. Y una de sus habilidades más apreciadas por sus compañeros consistía en aumentar el poder de los anillos mediante la música. Merló 1 pareció recobrar las fuerzas y de un tirón logró zafarse.

Los demás hermanos también recuperaron su energía. El caballero puso atención a quien acababa de aparecer. En la boca mordía un trozo de paja y menaba la cabeza al ritmo de la tonada. Dejó de tocar y se puso frente a su enemigo sin ningún temor. Lo bronceado del rostro denotaba que  pertenecía a la clase baja del reino.

—Soy Akkor, tercero al mando de la Legión Zafiro y entrenador de los Trillizos Merló. Tú debes ser un Heraldo Negro.

—¿No eres muy joven para conocerlos?

—Me imagino que tú también, los Heraldos fueron derrotados por los cinco líderes de Legión actuales hace diez años.

Los Trillizos Merló jamás habían escuchado acerca de los Heraldos Negros. Al encontrarse con él creyeron que era parte del grupo que conspiraba contra el rey y decidieron atacar. Ellos al igual que muchos otros quienes eran niños cuando sucedió el conflicto no conocían con exactitud los hechos.

—Han intentado borrarnos de la historia y ustedes los Portadores lo saben. Al ver nuestra ciudad hecha cenizas creyeron haberse deshecho de todos. Estaban muy equivocados. Hemos esperado largo tiempo. Serán las tres cuando la muerte vuelva.

—Trillizos, regresen al cuartel y pidan refuerzos – dijo Arkko más serio.

—¡No le haré caso a un pueblerino! – vocifero Merló 1 recuperado.

—¡Lo que mi hermano dijo! – exclamó Merló 3.

—¡Sí! ¡Los apoyo! ¡A lo mejor no lo entiendes, Akko! ¡Pero esta es la forma en la que te damos las gracias por ayudarnos!– dijo Merló 2 con su miedo desvanecido.

—Qué problemáticos son, ¿por qué los habrá dejado el líder Chappir bajo mi mando? Ya los escuchaste, Heraldo. No te irás de aquí hasta que descubramos qué es lo que planeas.

—Si eso es lo que quieren – anunció el Heraldo dejando salir el aura de su sortija. – Sólo uno de ustedes volverá a ver la luz del sol.

Nertru. La región del norte. Conocida por su prisión de máxima seguridad y un alto índice de defunción entre sus pobladores. Son tierras poco visitadas y tal vez lo único que vale la conocer son los monumentales árboles que aquí se erigen. Los más altos en todo el mundo. La Legión de Plata protege desde aquí la Primera Esquina de la Tierra.

       En estos momentos tres Portadores le hacen frente a un caballero. Su armadura negra y el yelmo con el rostro de la muerte lo hacen parecer invencible. En la mano lleva un anillo de oro y en la cintura una espada que al caminar seca todo a su paso. La lucha se encuentra desequilibrada.

—¡Jefe, déjenos ayudarlo!

—Manténganse donde están, niñas. Yo me encargo.

Los lentes de Odinos resbalaron por su nariz. La sangre le escurría por un lado de la cabeza y jadeaba sin poder controlar el cansancio. Sus subordinadas se mantuvieron a sus espaldas. Eran las jóvenes con la palabra Urraca y Acentor que Nad había salvado de terminar convertidas en aves para siempre.

—La última vez que los vi estaban muertos. ¿Por qué usas su armadura? – preguntó Odinos cansado.

—Debido a  tu edad supongo que estuviste ahí – dijo el caballero.

—Claro que estuve ahí. Hace diez años luché junto a mis compañeros contra ustedes. Los Heraldos Negros. Cuatro caballeros capaces de asesinar a 10,000 soldados cada uno. Pero ellos murieron. Ruber, Persa, Chappir, Aurum, el maravilloso líder Argen y Dríada se encargaron de vencerlos.

—La muerte jamás se va, Portador. Sólo encuentra formas de ocultarse hasta que alguien la llame. Y alguien lo ha hecho. Entenderás que no puedo dejarte ir de aquí ahora que has confesado tus crímenes.

El Heraldo desenvainó su espada y la clavó en la tierra. La sequía proveniente del arma se expandió lentamente. Odinos se puso en guardia y preparó su anillo para atacar una vez más. Su enemigo no había activado la sortija, le bastaba con la armadura y la resistencia física que poseía.

—No me subestimes por viejo. Por algo fui nombrado el tercero al mando de la Legión de Plata después de que Phan se volviera un rebelde. Cuento con la experiencia que a los jóvenes les falta y he aprendido a convivir con mi anillo. —¡Sonident! ¡Proyección vocal!

Odinos pronunció el enunciado de ataque y abrió su boca de par en par. Expulsó una onda vocal que impactó en la armadura del rival. Las vibraciones vocales lo fueron alejando. Era la oportunidad perfecta para escapar.

—Pica, Prunella, vayan al cuartel y díganle al líder Argen que los caballeros no son parte de la conspiración contra el rey. Que se trata de los Heraldos Negros y probablemente tenga que ver con el tercer anillo de los 99 Dioses del cual sospechábamos estaba en Cineris.  

¡Sonident! ¡Resonancia vocal!

Múltiples ondas vocales se expandieron y cubrieron al caballero Las vibraciones lo mantuvieron estático y su armadura se contrajo en pequeños temblores. Odinos no era un Portador que pudieras derrotar sin que tener que invocar tu sortija.

—¡Vámonos, Prunella! ¡Acentint! – la joven pronunció el enunciado de transformación y sus brazos se convirtieron en las alas de un acentor.

—¡Cuídese, jefe! ¡Urracint! – sus brazos se transformaron en las alas de una urraca.

Prunella y Pica se alejaron. Sus aleteos se perdieron en el cielo y Odinos las vio partir. Al ser sus protegidas no podía permitir que salieran dañadas. Un sentimiento de melancolía lo invadió. Tal vez ya era momento de que se retirara. La vida de un Portador es corta debido a los peligros que enfrenta y son pocos quienes logran llegar a la vejez. El caballero se deshizo del ataque dejando salir el aura de su sortija.

—Me hubiera gustado despedirme de usted, líder. Hoy me toca pagar por lo que hicimos hace diez años.

—Portador, no te dejaré morir hasta que pronuncies el nombre de cada uno de mis hermanos – el Heraldo levantó su brazo para enunciar. —  Anillo de los Seres Imaginarios. El perro de las tres cabezas.  Cancerbero.

Finalmente llegamos a Sunthaz. Sede del cuartel de la Legión de Oro y cercano al cuartel de la Legión de Cobre Aquí residen la mayoría de los nobles. Hospedados en mansiones y haciendas donde pueden disfrutar de la riqueza que han ido acumulando. Tienen bajo su cargo algunos pueblos y siempre que es necesario les recuerdan a los ciudadanos quién manda.

En una de las villas cuatro Portadores luchan a muerte. La gente se ha escondido dejando atrás sus compras. Una espada se encuentra clavada en la plazuela y va secando los alrededores. El enemigo es un caballero ataviado con una armadura negra y un yelmo con el rostro de la muerte.

—¡Maestro! ¡Necesitamos escapar!

—¡ Inútil! ¡Eres un inútil! ¡Eso es lo que eres! ¡Si quieres  chillar lárgate de aquí! ¡Ese tabardo es mucho para alguien como tú! ¡La muerte te queda grande!

Fillum regañó a Gallu. Recientemente había sido humillado por Nad y ahora por el caballero que tenía enfrente. Ni él o sus subordinados podían hacerle daño. En su caso tenía enredado hilos en cada uno de los dedos, extendiendo así una red de defensa por la villa.

—En algo estamos de acuerdo, Portador. A la muerte tenemos que sonreírle cuando nos topamos con ella.

—¡Sagita! ¡Ya! – bramó Fillum.

¡Flechent! ¡Flechas x6!

Sagita disparó seis flechas  que viajaron hasta el pecho del caballero. Intentó esquivarlas pero la red de hilos de Fillum lo tenía atrapado. Las hebras le apretaban el torso, las muñecas, los brazos y los muslos.

—¡Idiota! ¡Estás luchando contra Portadores! ¡No lo olvides! – se burló Fillum.

—Nosotros no venimos a luchar, sólo queremos dejar un mensaje. Serán las tres cuando la muerte vuelta. Los Heraldos Negros estamos de vuelta. ¡Lepisant!

El Heraldo pronunció el enunciado de invocación. Utilizaba un anillo de cobre. Además de Kadu no se había visto a nadie más en el imperio con esa clase de sortija. Y el líder de la Legión de Oro por algún motivo deseaba poseerla.

Debajo de la armadura del caballero aparecieron unos animales llamados lepismas o pececillos de plata. Estos insectos diminutos se comieron los hilos hechos por Filum liberando a su dueño. Los lepismas se dividieron en seis grupos, justo donde apuntaban las flechas de Sagitta. Recibieron el impacto y las flechas cayeron.

—¡Tora! ¡Es tiempo de que pagues por el permiso que te di! – gritó Fillum enfurecido.

Tora cabalgó hacia el Heraldo. La mitad de sus piernas y brazos habían adquirido la forma de un toro. Y en la cabeza relucían un par de cuernos aún pequeños. Parecía más bien un ternero. Se preparó para pronunciar el enunciado de ataque con los cuernos apuntando al enemigo.

¡Torent! ¡Embestida bovina!

—¿Por qué vienes a buscar tu muerte?

El caballero detuvo el ataque tomando con sus manos los cuernos de Tora. Este intentó zafarse con las pezuñas traseras pero la fuerza del enemigo lo sobrepasaba. El Heraldo no tuvo piedad y arrancó los cuernos de la cabeza de Tora.  Cayó desangrado.

—Inútil – dijo Fillum.

Gallu padeció un ataque nervioso al ver cómo herían a uno de sus  compañeros. Frenético utilizó sus patas de gallo para intentar escapar. Fillum al descubrir que su subordinado huía  movió la red de hilos para enredarle los tobillos. El joven tropezó, aruñando el piso.

—Inútiles, son unos inútiles. ¡Sagita! ¡Dispárale para que deje de moverse!

—No puedo hacer eso, maestro. Es mi amigo – titubeó.

—¡DISPÁRALE!

—Maestro,  no me haga esto. Es mi mejor amigo.

-Perdón, Sagita. Intentaré ser más amable.

—¡Gracias, maestro!

—Idiota. ¡Hilent! ¡Giro de confección!

Fillum pronunció el enunciado de ataque sobre Gallu. Los hilos que estaban enredados sobre sus patas de gallo dieron un giro quebrándole las piernas. Sagita perdió la compostura  y corrió hacia su amigo.

—Gallu, nunca te voy a traicionar. Vamos a curarte regresando al cuartel.

—Sagita, si alguien se entera de esto no puedo asegurar que la próxima vez mis hilos se controlen. ¿Entiendes? –dijo Fillum.

—No han cambiado nada, Portadores – habló el Heraldo observando la escena. – El  ternero y el gallo tuvieron que sufrir del a causa del orgullo de su maestro. Los Portadores sacrificarían a su propia madre con tal de ganar. No tenía intenciones de pelear pero estoy seguro que el Amo Mortis me agradecerá que me deshaga de una basura como tú. ¡Lapiscant!

—Púdrete. ¡Hilocant

Ambos pronunciaron el enunciado de invocación para medir sus fuerzas. Aunque al chocar sus auras la diferencia fue más que obvia. El orgullo y la altanería de Fillum, originada a causa de la influencia de Aurum no le permitieron entender con claridad que esta era una batalla perdida.

—Lo más seguro es que no sepa quién soy, pero si el jefe Miz tiene razón, es la única persona que puede ayudarnos. ¡Vamos, caballos! ¡Arre! ¡Arre!

Mientras Fillum y el Heraldo enfrentaban sus auras un adolescente salió de espaldas a la villa cabalgando en una carreta. En lugar de dirigirse al sur, donde se encontraba el cuartel de la Legión de Oro, tomó el rumbo contrario. A unos cuantos días a caballo se encontraba el pueblo donde vivía la Legión de Cobre.

Cuatro espadas han sido clavadas alrededor de Otaez. Con ello el mensaje de la muerte se expande por el Imperio. Hace diez años los Portadores ganaron la guerra a un costo muy caro. ¿Qué recuerdos tendrán de esa época? ¿Será que aquella  victoria fue en realidad su mayor derrota? Sin saberlo, Nad está a punto de entrometerse en el camino de los Heraldos Negros.