BACIS 35. CRIMENES Y VICTORIAS

Los primeros enfrentamientos de la Legión de Cobre como Portadores del Reino de Otaez siguen su curso. La barrera que cubre el poblado se desvanece y sabremos quiénes se encuentran detrás de ella esperando a Phan desde hace tres días.

—¡¿Qué estás esperando para ganar, llorón?!

—¡Eso intento!

La pelea entre Agelein y Boule parecía ir a la par. Cada que uno golpeaba o esquivaba el otro contratacaba. El cansancio se iba acumulando y con  la barrera rodeando el bosque era imposible saber cuántas horas habían pasado.

Boule aumentó la velocidad de sus rebotes. Los reflejos de su oponente mejoraban tras cada embestida y no era tan fácil tomarlo por sorpresa.  Pensó entonces lo que le dijo Phan acerca de controlar la energía de la sortija sin desperdiciarla.

—Phan tramposo, nos regañaste por querer usar nuestro poder y tú bien que te lo gastaste en esta barrera. De seguro no quieres que Boule baje de peso. ¡Quememos más calorías, niño!

Los árboles se doblaron al recibir el peso del rebelde. Su cuerpo apenas podía distinguirse y Agelein atento evadía cada uno de los rebotes.

—¡Esto es por mi dieta! ¡Pelent! ¡Rebote X2!

Al duplicar su enunciado de ataque inicial, Boule hizo uso de toda la energía con la que contaba. En respuesta a ello su fuerza aumentó y sus rebotes se convirtieron en un cañón. Agelein sólo pudo defenderse de un costado recibiendo el choque. Su cuerpo se arqueó y terminó hundido en la tierra. La mueca de dolor en el rostro hizo que Sariel decidiera luchar.

—Ash, supongo que tendremos que ayudar al llorón o va a terminar hecho puré, Kadu Kadu.

—¡Entendido! ¡Dígame cuál es su plan, Señorita Sariel! ¡Si sirve de algo la palabra de mi anillo…!

—¡Kadu! ¡Sariel! ¡Esperen! ¡Yo puedo solo!

Agelein se puso de pie desempolvándose. Las costillas le dolían y lo más seguro es que debajo del tabardo tuviera la piel molida. Todavía era muy temprano para rendirse. Sonrió para darse ánimos y continuar. Por el tronco de los árboles Boule siguió rebotando con su enunciado fortalecido.

—¡Pero si te está amasando como quiere para luego convertirte en dona! ¡Cómo le voy a explicar a mi Nad que dejé que al más débil de la Legión se lo comieran!

—Déjenme intentarlo.

—¿Qué hacemos, Señorita Sariel?!

—Ash, démosle otra oportunidad.

Los cañonazos de Boule fueron imparables. Agelein recibió cada uno de ellos logrando apenas defenderse. La voz de Sariel y los ladridos del perro se escuchaban a lo lejos. Si seguía en la lucha era porque esperaba el momento del que le habló Nad.

Agel, la energía de un anillo depende de la experiencia y la preparación del usuario. Uno puede invocar si quiere todo el poder que contiene la palabra que le fue dada, pero si en ese momento no está listo para dominarla, terminará por perder el control.

—Pierde el control, Boule. Pierde el control.

Al consumir toda la energía de la que era capaz en ese momento y sin haber entrenado lo suficiente Boule perdió el control. Al principio le fue sencillo dirigir sus rebotes, pero conforme pasaron los segundos se percató que el anillo no respondía a lo que deseaba.

—Bien, un golpe más y se acaba. ¡Agele…!

Agelein esperó hasta que sucedió lo que tenía pensado no pudo contratacar. El enunciado se quedó ahogado a media voz. Su anillo estaba llegando también al límite y no le quedaba la energía suficiente.

—¡¿Qué hago?! ¡Piensa Agelein! ¡Nad rara vez activa su palabra! ¡Si él no la necesita tú tampoco! ¡Vamos! ¡Piensa!

—¡Joven Agelein! ¡Déjeme ayudarlo!

Kadu se encontraba junto a Sariel viendo cómo los cañonazos de Boule perdían el control y algunos impactaban en Agelein. Desde que se toparon con el desertor esta había insistido en que lucharan juntos para conocer mejor sus habilidades. Pero Sariel la interrumpió por jugar piedra, papel o tijera.

Lo cierto es que nadie conocía cuál era la palabra del anillo de Kadu. Sólo sabían que su sortija era de cobre y que ella era la única sobreviviente del grupo original. Agelein la vio muy segura de querer ayudarlo y no podía ignorar los deseos de sus compañeros.

—¡Confío en ti, Kadu!

—Mi palabra nunca ha sido tan fuerte como la de otros y a lo mejor por eso la antigua Líder Dríada prefirió que no fuera con ellos el día que murieron. Sólo iba a ser un estorbo. ¿Y qué hubiera podido hacer yo en esa situación? Pero no quiero perder a más compañeros. Ustedes me han demostrado en poco tiempo que no importa la clase de anillo que poseas, ya que en una Legión todos somos igual de importantes. Espero que pronto me puedan considerar como un miembro de su equipo y no como la última sobreviviente del Grupo Chatarra. – Kadu se preparó para enunciar. —¡Anillo de Flora! ¡Kadupul! ¡Kadupent! ¡Brisa de pétalos!

El aura de Kadu se desprendió de su cuerpo en forma de pétalos blancos. Estos viajaron hasta Agelein envolviéndolo e impregnándosele en la piel.  Las heridas ocasionadas por Boule desaparecieron junto al cansancio acumulado y  el anillo brilló recargado de energía.

—¡Owwww! – exclamó Ageleien. — ¡Me siento como nuevo!

—¡Tú palabra es genial, Kadu, Kadu!

—No es para tanto, Señorita Sariel – dijo Kadu ruborizada. – Algunas palabras funcionan mejor como apoyo cuando otros usuarios se quedan sin energía, esa es mi labor como Portadora. Darle otra oportunidad de combate a mis compañeros. Además la habilidad de la palabra del Joven Agelein para recuperarse ayuda a que el efecto dure más tiempo.

—¡Ayudaaaaaaa! ¡Si quemo tantas calorías me quedaré sin grasita! 

Boule no lograba frenar su ataque. Los rebotes iban en direcciones impares formando huecos en la tierra cada que impactaba. Agelein, recuperado por completo dejó que uno de los ataques llegara sus espaldas. Saltó hacia atrás y expandió sus brazos al igual que las alas de un ángel.

¡Agelent! ¡Tormenta de plumas!

Cruzó los brazos y su aura convertida en plumas de oro cortaron a Boule. El desertor rebotó lentamente por la tierra y cayó inconsciente con la panza de frente y los brazos extendidos.  La sortija de plata que portaba ya no emanaba ninguna clase de energía. Sólo se escuchaba el estómago del gordo crujiendo de hambre.

—¡Gané! Llámenme vicelíder desde este momento. Sobre todo tú, Sariel.

—Sin la ayuda de Kadu estarías hecho puré.

—¡ Lo importante es que gané mi primera pelea! ¡¿Creen que me vayan a subir el sueldo por esto?!

—Si eso pasa la mitad de las ganancias serán mías ya que gracias a mi JUEGO te tocó pelear.

—Ya vas a empezar de envidiosa.

—Señorita Sariel, Joven Agelein. ¿No creen que sea momento de regresar con el Amo Nad? Su batalla debe estar por terminar.

-¡Nad! ¡Tengo que contarle cómo derroté a mi primer oponente! ¿Pero cómo sabes que su combate terminó?

—Es que el cielo ya puede verse.

Agelein, Kadu, Sariel y el perro voltearon hacia las nubes. El remolino que cubría el poblado había comenzado a desvanecerse y en algunas zonas lograba verse el exterior. Apurados dejaron el bosque sin preocuparse por Boule. Allí estaría dormido mucho tiempo y con hambre.

Kraktos observaba la nueva forma de Eli. La mitad de su cabello se tiñó de color negro al igual que su ojo derecho. El aura que desprendía alejaba a las aves y hacía temblar las paredes de la mina. Su anillo vibraba exigiéndole que terminara de invocar la palabra.

—Se siente diferente a la primera vez – Eli intentaba acostumbrarse al poder de la sortija.

—¡Tendré que usar todo lo me queda para salir vivo de esta!¡Cactusant!

Kraktos pronunció el enunciado de invocación. Su aura chocó contra la de Eli estremeciendo el ambiente. Aunque la diferencia de poderes era notable, el halo del desertor no podía encarar a la fuerza del joven.

— ¡Tenías que ser el Príncipe de Otaez! ¡Ustedes los nobles siempre están encima de gente como yo! ¡Puede que aquí muera! ¡Pero déjeme decirle algo, Majestad! ¡El pueblo está harto de príncipes, reyes y nobles! ¡Tenga cuidado que su imperio durará muy poco! ¡Allá afuera se están organizando para derrocar al rey! ¡Y desde mi tumba veré contento cómo Otaez finalmente es libre!

—Pensamos igual. Otaez necesita un cambio y por eso no puedo dejar que gente como tú venga a torturar a un pueblo entero, un pueblo que vive feliz con lo poco que gana. No se trata sólo de reyes o nobles, sino de ladrones, asesinos y farsantes. De todos aquellos que han contaminado este mundo durante siglos.

—¡Es diferente! ¡Lo hicimos porque ustedes los Portadores son los esclavos del Rey! ¡Claro que íbamos a dejarlos libres!  

—Demuéstrenlo, dile a tu líder que le pida perdón al pueblo.

—Phan nunca haría eso, él…, sólo quiere vengarse de ese joven.

—No tenemos nada de qué hablar entonces.

Los motivos de Phan nunca convencieron mucho a Kraktos y Boule. Pero se dejaron llevar por lo que podría ofrecerles. Libertad. Libertad de hacer lo que quisieran sin responder ante nadie. Robar comida si tenían hambre, asaltar una carreta si necesitaban dinero o dormir bajo los árboles despreocupados de pagar tributo.

—  Si salgo vivo de aquí  sólo quiero encontrar un lugar dónde vivir sin problemas – Kraktos suspiró. – No sirve de nada arrepentirme por lo que hice, así que lucharé hasta el final. ¡Cactuscent! ¡Espinas reforzadas!

Del cuerpo de Kraktos brotaron espinas de cactus cubiertas en metal. Era el mismo enunciado con el que inició su combate pero fortificado. Esta nueva defensa lo volvía impenetrable y torpe. Su movilidad disminuyó debido al peso de las espinas. Ese era el precio de una barrera endurecida y del no controlar aún eficazmente la sortija

—Puede que no seas mala persona, pero lo que hiciste no puedo pasarlo por alto. Espero que nos volvamos a ver en otra situación.

—Lo mismo digo, Majestad. ¡Atáqueme!

Eli quería ganar con un solo golpe. Para destruir la barrera de Kraktos tendría que concentrar su energía en un punto específico. El problema consistía en saber equilibrar el poder necesario. Si se sobrepasaba el anillo lo consumiría o al contrario, si no golpeaba con la suficiente fuerza las espinas de metal se le clavarían.

—Quiero crear un mundo en el que te hubiera gustado vivir, madre.

Kraktos apenas y pudo parpadear cuando llegó Eli. Con su puño apuntó al pecho del desertor. Las espinas de metal se desintegraron una a una al recibir el golpe, desvaneciéndose junto al aura del criminal, quien perdió la consciencia. Eli lo sostuvo antes de que cayera al suelo. Su aura también desapareció.

—Nad te hubiera abandonado en el piso, pero yo no puedo dejar de preocuparme por la gente, incluso si son mis enemigos. Aunque esto no significa que te perdone, tienes que pagar por lo que hiciste.

El remolino que cubría el pueblo estaba casi deshecho en su totalidad. Además del cielo, ya podían distinguirse las montañas y el otro lado del bosque. Eli intentó colocar a Kraktos en sus espaldas pero el cansancio no se lo permitió. Todavía le faltaba dominar la sortija.  Lo recostó en la tierra y se apresuró para llegar al pueblo.

—¡Ahhhh! ¡Es todo lo que tienes, Nada!

Con los labios inflamados, el ojo morado, la nariz quebrada y el rostro ensangrentado  Phan seguía luchando. El color plateado de su tabardo se ocultaba bajo las capas de polvo y cada jadeo le raspaba la garganta.  Acumuló sangre dentro de la boca, la escupió y gritó al cielo.

—¡Acábame!

Se balanceó contra Nad lanzando golpes que ya no tenían ni la fuerza ni la velocidad para dañarlo. Incluso esquivarlos era innecesario. Sólo retrocedió dejando que Phan se tambaleara. Con la espinilla alcanzó las costillas del desertor y lo mandó a rodar por la tierra como había hecho durante todo el combate.

Desde sus casas los pobladores miraban atónitos la fuerza de Nad y cómo el desertor a pesar de ser humillado no se daba por vencido. A Yuma le brillaban los ojos al presenciar un combate entre Portadores y brincado sobre sus puntas para alcanzar el marco de la ventana deseaba ser como Nad.

—¿Estás seguro de lo que dijiste? – preguntó Nad.

—Ahhh, ahhhh, ahhhh, ¿Qué? ¿Qué dije?

—Que pelearemos a muerte.

—Tsss – chistó Phan. —¡¿Estás sordo acaso?! ¡Acábame!

—Ya veo.

Durante el combate Phan fue perdiendo energía. Cada descarga que realizaba debilitaba el remolino que lo protegía del exterior. Ahora sólo quedaban unas hebras de viento. Ya no le tenía el poder suficiente como para seguir sosteniendo el enunciando y la sortija de plata estaba dejando de responderle.

¿¡¿Por qué tenías que ser más fuerte?! ¡ ¿Por qué te entrometiste?! ¡¿Por qué quisiste salvar a esa niña!? ¡ ¿Por qué? ¡Responde! ¡Igual voy a morir aquí!

La desesperación del ex Portador  impresionó a los pobladores. No podían creer que alguien como él pudiera expresarse de esa manera, al borde de las lágrimas quería una respuesta. El motivo de su venganza había dejado de tener sentido. Sus quejidos se escucharon por toda la montaña.

—Ese día no hubo nadie que defendiera a mi hermana. Incluso yo… no pude – dijo Nad creando una esfera de energía en uno de sus dedos.

La esfera que acababa de formarse cambió el ambiente del poblado. Nad desprendía un aura maligna. Las ventanas y las puertas crujieron debido a la presión de su poder. Phan no tenía ninguna duda. El ataque iba a acabarlo.

—¿Tú hermana? ¿Qué pasó con ella? – preguntó envolviendo sus manos con la energía que había en el remolino.

—Se encuentra lejos.

—¿Y no tienes pensado ir por ella? – el remolino casi desaparecía.

—Primero tengo encontrar un lugar.

—¿Qué lugar?

—BACIS. La Tierra de los Dioses.

—Ojalá lo logres – suspiró. — Hazme un favor, no dejes que el bastardo de atrás se lleve mi cuerpo. No les daré el gusto.

—¿De quién hablas?

—Ya lo sabrás.

Phan acumuló en sus manos toda la energía que le restaba incluida la del remolino. Apuntó hacia Nad formando un disparo gigante de viento. Este era su enunciado más fuerte y el único que le quedaba. Miró a su oponente de nuevo para recordar el rostro que no pudo ver en la oscuridad cuando fue derrotado.

—¡Nos vemos en el infierno, NADA! ¡Vent! ¡Cañón de viento!

El disparó arrasó con el techo de las casas y el molino de agua. La gente se ocultó bajo sus camas y las ventanas explotaron. Nad soltó la esfera, que a comparación del disparo era una mota de polvo. Los dos ataques viajaron en dirección recta para encontrarse.

—El día que le pidas perdón a esta gente y a Lian por lo que has hecho pelearemos a muerte. Antes, no me interesa.

La esfera consumió el disparo de Fan como si nunca lo hubiera realizado. El desertor vio cómo el ataque de Nad entraba a su pecho.  La esfera se expandió encerrándolo en una prisión de energía. Al igual que Ruber y la mantícora su cuerpo no pudo contra el poder que Nad llevaba cargando toda la vida.

Convulsionó y se le abrieron heridas de pies a cabeza. Vomitando espuma, Phan creyó que era preferible morir a ser torturado de esa manera. Nad acababa de perdonarlo castigándolo. No podía emitir ningún sonido y los pulmones se le quedaban sin aire.

—Me lo merezco – pensó dentro de la esfera.

La prisión desapareció y Phan cayó bocabajo. Se encontraba sumamente herido y debajo había un charco de sangre. Aún respiraba. El poblado se encontraba libre de la barrera y Nad tomó su capa. Atrás del cuerpo dle recién derrotado rebelde apareció un Portador con un tabardo de oro.

No sobrepasaba los 25 años, en la mano izquierda portaba un anillo de oro y el cabello le caía por un costado de la cara.  Se acercó al cuerpo del desertor y lo movió con un pie para saber si seguía vivo. Del tabardo extrajo un par de grilletes y antes de colocárselos al criminal se dirigió hacia Nad.

—Qué tal, mi nombre es Filum. Tercero al mando de la Legión de Oro. Mis subordinados y yo venimos siguiendo a Phan desde muy lejos. Hace tres días levantó esta barrera para que no pudiéramos atraparlo y llevamos esperando a que la deshaga desde entonces. Veo que es gracias a usted que pudimos entrar al poblado. Líder Nad – Filum inclinó la cabeza. – Si me permite pasaré a esposar al desertor antes de que lleguen mis subordinados, fueron por unos caballos, no tardan en llegar – Filum se agachó al cuerpo abriendo los grilletes.

—Detente.

—¿Disculpe?

—Él se quedará aquí hasta que se recupere y pague por lo que hizo.

Filum titubeó en seguir con el arresto, sonrió condescendiente y puso los grilletes a un lado. La única ocasión que vio a Nad fue en la Arena de Portadores. Allí, junto a sus compañeros de Legión, presenció el poder que contenía el joven en su cuerpo. Y al igual que Aurum, lo odiaba.  

—Nad, espero no le incomode mi exceso de confianza. Le recuerdo que Phan es un criminal buscado por todo el imperio y clasificado en una misión tipo Rubí.  Siendo un líder ya debería saberlo.  Ello quiere decir que este desertor es  una amenaza para el mundo y por lo tanto para el rey, que son lo mismo. Cualquiera que ayude al criminal se le podría considerar su cómplice y persona non grata para el Imperio. Y viniendo de un líder, estaríamos hablando de alta traición.  ¿Acaso se está oponiendo a Nuestra Majestad? Por favor, corríjame de mi error.

—Él se queda aquí.

—Estoy perplejo. Usted en el puesto que se encuentra y defendiendo a un criminal, el  ha difamado el nombre de Nuestra Majestad, Emperador del Mundo y de cada humano vivo o muerto en la Tierra. Es una lástima, pero no me queda otra opción más que detenerlo– dijo Filum sonriendo y acariciando su sortija. — Nad, siguiendo las leyes de Otaez y el reglamento de Portadores, se  encuentra usted bajo arresto por conspirar ante la integridad de Nuestra Majestad y proteger a un criminal. Tendrá derecho a abogar por su inocencia ante el Rey dentro de 50 años, mientras tanto será trasladado a la prisión de Nertru.  Le pido no oponga resistencia o tendré que verme en la necesidad de usar la fuerza. Desde este momento deja de ser el Líder de la Legión de Cobre.

—Ya veo. 

El odio de la Legión de Oro hacia Nad se hace presente en cada uno de sus miembros. La victoria le acaba de costar oponerse al Rey de Otaez y perder sus funciones como Líder. ¿Qué harán Sariel, Kadu, Agelein y Eli al enterarse que el Grupo Chatarra corre peligro de desintegrarse?