BACIS 34. HUMILLACIÓN

Un remolino de viento envuelve el cuartel de la Legión de Cobre. Dentro se encuentra el ex Portador más buscado por todo el Imperio. Su objetivo es vencer al joven sin anillo y vengarse por el día que lo humilló en las colinas de Otaez.

—¿Convertirse en la Legión más fuerte del Imperio? ¡Por favor! ¡Quién quisiera ser reconocido en este reino! ¡Escúchame bien, NADA! ¡La corona está podrida! ¡Lo mejor que podrían hacer las Legiones es derrocar al rey!

—Antes de pelar quiero que liberes a la gente.

—¡Pfff!  ¡Como quieras! ¡Vant!

El viento que rodeaba el anillo de Phan se dirigió a los pobladores. Asustados sintieron una ola de aire sobre sus cuerpos que duró muy poco. Al desvanecerse las ataduras se encontraron deshechas en la tierra. Sin perder más tiempo la gente corrió a sus casas.

—¡Líder Nad! ¡Usted puede ganar! ¡Patéele el trasero y oblíguelo a que se bañe! –exclamó Yuma ayudando a sus padres.

—¡Mocoso! ¡Voy a perforarte la cabeza en cuanto termine con esto! – gritó el ex Portador.

Nad y Phan se encontraban solos en la calle. Por las ventanas nadie perdió la oportunidad de observar el combate.

—¡Esta será una pelea a muerte! ¡NADA!

—Ya veo.

El rebelde  notó cómo Nad cambió su semblante al escuchar aquella sentencia. La única manera de vencerlo era no darle ninguna oportunidad de contraatacar. Y aunque Phan se decía esto para darse valor, el miedo no dejaba de comprimirle el pecho.

—¡Te vas arrepentir por haberme humillado! ¡Voy a matarte! ¡¿Me escuchas?! ¡Voy a matarte!

—Ya entendí.

—¡Pelea! ¡NADA! ¡Vent! ¡Triple disparo de viento!

Tres disparos consecutivos salieron en dirección a Nad. Al mismo tiempo que las ráfagas avanzaban el ex Portador corrió hacia su oponente. 

Las ráfagas pasaron de lado. Ninguna pudo herir a al joven sin anillo, ya que tranquilo esquivó los proyectiles moviendo la cabeza de derecha a izquierda. El viento terminó agujerando algunas carretas con minerales.  

—¡Aquí estoy! ¡Vent! ¡Disparo de viento!

Con el dedo envuelto en aire apuntó a la  frente del joven y disparó. Esta la vez la escena sucedió en cámara lenta. La ráfaga que era imposible que fallara pareció atravesar  los ojos de su rival. Phan sonrió para después tornarse en un rostro desfigurado.

Nad en realidad esquivó también ese disparo. Sin embargo, debido a la velocidad que lo hizo nadie logró percatarse de que ello. El rebelde perdió de vista a su contrincante.  

—¡¿Dónde estás?! ¡NADA!

—Aquí.

Nad se agachó y con el empeine reventó las piernas de Phan desequilibrándolo. Antes de que cayera lo pateó con las espinillas en la boca del estómago dejándolo sin aire. La reacción del ex Portador fue entonces colocar sus manos donde lo habían golpeado intentando respirar. El nuevo líder de la Legión de Cobre aprovechó para poner a prueba un nuevo movimiento.

Colocó la pierna izquierda enfrente y la derecha detrás para sostenerse. Giró un poco la cadera y preparó su antebrazo. Era el mismo ataque que le había propiciado Ruber en su última pelea. El antebrazo se clavó en el cuello de Phan como un látigo y lo mandó rodando por la tierra.

 El criminal  rodó y rodó hasta que la inercia del impacto se desvaneció. Su tabardo y el rostro se encontraban llenos de polvo. Jadeante intentó ponerse de pie. Sólo logró sostenerse de rodillas. El aire apenas entraba por sus fosas y cada inhalación  le rasgaba la garganta.

—¡Ac, ac, ac, ac! ¡Coug! ¡Coug! 

Lentamente Nad se acercó hasta donde estaba. Este no podía moverse y frenético tomó tierra con las manos y comenzó a aventársela para que se alejara. Ni un rasguño había podido hacerle. Era verdad entonces. Aparte de Ruber existía alguien más con la misma clase de poder.

—¡Esto no puede acabarse aquí! ¡Vent! ¡Vent! ¡Vent! ¡Vent! ¡Vent!

Atormentando Phan disparó sin parar. No pensó en administrar la energía de su anillo de la cual ya había gastado bastante al crear la barrera. Lo único que quería era que Nad se alejara. El joven siguió su camino hacia el ex Portador.

          —¡Aléjate!

—Esto ni siquiera ha empezado – respondió Nad levantando el talón de su bota.

En el bosque se encontraban Kadu, Sariel, Agelein y el perro todavía sin nombre. La barrera de viento seguía extendiéndose por el poblado y abarcaba algunas hectáreas del alrededor. Boule también estaba allí, palpando sus costados para ver si la dieta ya estaba funcionando.

—¡Phan! ¡Me mandaste con unos niños! ¡No es justo! ¡Yo quería quemar grasa peleando contra el Príncipe! ¡Así la dieta jamás me hará efecto!

Agelein temblaba del miedo, esta sería una pelea contra alguien que portaba un anillo. Su única experiencia había sido contra La Domadora y apenas logró ganar. Sariel bostezaba mientras que Kadu y el perro permanecían alertas a cualquier movimiento que hiciera el desertor.

—¡Niños! ¡Pueden venir a atacarme al mismo tiempo si quieren! ¡No me molesta! ¡A lo mejor y me pueden ayudar a quemar unas calorías!

—¡No te metas donde no te llaman, gordinflón! – exclamó Sariel. –Agelein, Kadu, decidamos quién le va a golpear la lonja a este panzón.

—Sariel, shhhhh. Puedes lastimar su autoestima – dijo Agelein.

—¡¿Es enserio?! ¡ ¿Te preocupa la autoestima de tu oponente?! ¡Propongo que juguemos un piedra, papel o tijera. El primero que pierda irá contra él. ¿Qué les parece?

—Señorita Sariel, tal vez sería mejor si los tres ideamos un plan de ataque. Así podemos ir aprendiendo las técnicas con las que contamos.

—¡No seas aburrida, Kadu, Kadu! ¡Juguemos!

—Tengo un mal presentimiento – suspiró Agelein.

Kadu, Sariel y Agelein se acomodaron en círculo y escondieron sus manos detrás de la espalda. Al mismo tiempo cantaron la frase del juego: ¡Piedra, papel o tijera! Mostraron la combinación con la que competirían. Sariel y Kadu habían optado por escoger piedra. Y Agelein… Eligió tijera.

—¡Ganamos, Kadu, Kadu! ¡Muy bien, Agelein! ¡A pelear!

— Sabía que esto iba a pasar.

—¡¿Terminaron de jugar, niños?! ¡Boule necesita quemar calorías!

Agelein se acercó al desertor. Las piernas le temblaban y no se atrevía a mirarlo de frente. Esta sería su primera pelea oficial como Portador. Aquí no le serviría que pasaran quince segundos, el combate seguiría hasta que uno de los dos muriera o su cuerpo dejara de responder.

—¡Tú puedes, Agelein! ¡Según tú eres el vicelíder de esta Legión! ¡Demuéstralo!

—¡Ja, ja! ¡Qué graciosa, Sariel!

—Confiamos en usted joven Agelein.

—¡Guao!

—Gracias, Kadu. Gracias, perro. Tal vez muera antes de que te consiga un nombre.

Boule agitó sus piernas regordetas, estiró sus brazos flácidos y acomodó su papada. El anillo de plata que poseía comenzó a emanar energía. Agelein no estaba muy seguro de activar su sortija. Primero quería intentar detener a su oponente sin necesidad de ningún enunciado. Como lo hacía Nad.

—¡No porque seas un niño seré amable! ¡Mejor activa ese anillo!

—A, a, a, a, a, así estoy bien. Gracias.

—Si eso quieres. ¡Quememos algunas calorías! ¡Pelont!

La palabra que contenía el anillo de Boule era pelota. Esto le permitía adquirir las características de un balón y quedaba a la perfección con su cuerpo. Cuando pronunció el enunciado de ataque el cuerpo entero del desertor adquirió la forma de una esfera, sólo su cabeza sobresalía.

Giró sobre la tierra acumulando velocidad. Boule, entre pelota y persona rodaba sobre su mismo eje. De esta manera podría salir disparado hacia Agelein impidiéndole detener el ataque. El polvo se asomaba por la parte trasera de la esfera y formando una zanja.

¡Pelont! ¡Rebote X1!

Boule atacó con la velocidad que había acumulado. Kadu y Sariel alcanzaron a ver una enorme bola girando por el aire. Agelein no alcanzó a defenderse y recibió todo el peso del desertor en el estómago. Logró mantenerse de pie y esta vez se cubrió con ambos brazos.

—¡¿Si está tan gordo cómo puede  ir tan rápido?! – exclamó Agelein.

—¡Concéntrate en la pelea, llorón!

—¡Joven Agelein, cuidado!

—¡Más calorías!

El desertor rebotó en uno de los árboles y embistió. Agelein intentó concentrarse. La rapidez de los ataques le desesperaba. Durante cada rebote y aumentaba su velocidad. Así siguió hasta que Boule aumentó tanto el ritmo que era imposible prevenir hacia dónde atacaría.

—Señorita Sariel, ¿no cree que es momento de ayudar al Joven Agelein?

—Tranquila, Kadu, Kadu. Este llorón no se va a dejar vencer tan pronto.

Agelein continuó recibiendo los golpes. Recuperó la calma y tranquilo dejó que Boule acertara cada uno de sus ataques. Lo que hacía era aprender los movimientos de su oponente. En realidad no atacaba aleatoriamente, seguía un patrón y si lograba concentrarse lo suficiente lo descubriría.

—¡Ahí!

Agelein esquivó a Boule. Logró  leer el ataque antes de que llegara. El desertor rebotó en las ramas y volvió a arremeter creyendo que había sido una coincidencia que el niño lo eludiera. Una vez más  pudo prever por dónde vendría el siguiente panzazo.

—¡Ahí!

Esquivar no sería suficiente. Si tenía pensado ganar era necesario que también atacara. Su anillo brilló. Pocas veces la sortija reaccionaba de una manera natural. Agelein estaba desarrollando la habilidad de vincularse con su palabra. Entre más la usara, más fácil sería activarla.

—¡Me estás haciendo perder calorías, niño! – bramó Boule atacando después de su rebote.

¡Agelant!

Boule percibió el aura dorada. Seguro de sí mismo no creyó que un niño pudiera vencerlo. Agelein pudo fácilmente esquivar el golpe y al mismo tiempo logró igualar su velocidad. Así que antes de que el enemigo se alejara le dio un puñetazo en una de las lonjas deteniendo su rebote.

—¡Muy bien, Joven Agelein!  

—¡Owwwww! ¡ ¿Cómo hice eso?!

—¡Todavía no celebres, llorón! ¡El gordo sigue vivo!

—¡Me tomaste por sorpresa, mocoso! ¡Creo que me hundiste una lonjita! ¡Pero no volverá a pasar! – dijo Boule recuperándose.

—¡Preparate, Agelein! – exclamó Sariel. —¡Round 2! ¡A pelear! 

Afuera de las minas Eli y Kraktos se estudiaban uno al otro. El torbellino mecía sus ropas y en silencio esperaban a que se decidiera quién daría el primer golpe. La sortija rubí del príncipe emocionó a Kraktos. Se sentía honrado de poder enfrentarse al futuro heredero de Otaez.

—Majestad es un placer para mi pelear contra usted.  

Eli no respondió al halago. Esta lucha era importante para el joven. Sería  su primera pelea de verdad contra alguien que portaba un anillo. No podía subestimar a su oponente, no importaba que no pareciera muy fuerte.

—Mucha gente se pregunta qué clase de palabra contendrá su anillo, Majestad. Incluido yo, por eso no puedo arriesgarme a que la pronuncie. Puede que no sea el muy bueno en la ofensiva pero cuando se trata de defender soy el mejor – Kraktos tocó su cabello puntiagudo y pronunció el enunciado de defensa. —¡Cactuscint!

Del cuerpo del desertor brotaron espinas que lo terminaron cubriendo por completo. Además adquirió una tonalidad entre verde y amarillo opaco. Su piel se resecó y podían notársele fácilmente los poros. La palabra de su anillo era Cactus.

—A esto te referías.

Eli entendió lo que quiso decirle Kraktos. Su enunciado de defensa lo protegía con espinas, el oponente en este caso tendría que decidir en si atacar o no. De cualquier forma el filo de las espinas lo terminaría hiriendo. El desertor se convenció que con esa técnica su victoria estaba por lo menos a la mitad asegurada.

—Como le dije, Majestad, no puedo dejar que pronuncie su palabra. Además usted es el Príncipe de Otaez y yo uno de sus simples sirvientes — hizo una reverencia.

—Te equivocas.

—¿Cómo dice?

—En estos momentos yo soy un Portador del Reino de Otaez y miembro de la Legión de  Cobre. Y tú, eres mi oponente.

El joven príncipe no temió a mancharse las manos. Aprovechó que Kraktos confiaba demasiado en su defensa para atacarlo. Corrió preparando su puño y le quebró la quijada. Las espinas le perforaron los nudillos y los trozos de astillas se le quedaron enterrados en medio de los dedos.

—¡Estás loco! – gritó Kraktos intentando acomodarse la quijada.

—Sería muy tonto de mi parte creer que nunca me mancharé de sangre en una pelea. Además, no creo que mi líder tampoco vaya a contenerse.

Las espinas de Kraktos fueron desapareciendo. Cada que Eli lo golpeaba estas se quebraban cayendo por el suelo y clavándose en sus puños. Las astillas entraron por la palma de su mano y por las yemas de los dedos. El desertor, sabiendo que no podía ganar, hizo un movimiento desesperado.

¡Cactuscent! ¡Explosión de espinas!

Las espinas se desprendieron de su cuerpo saliendo  expedidas en direcciones alternas. Eli retrocedió cubriéndose el rostro, aunque no pudo evitar que los aguijones lo hirieran. Su tabardo terminó rasgado dejando caer hilos de sangre.  

—Me disculpo por lo que voy a hacer.

—¡La palabra! ¡Vas a activarla! — Kraktos enmudeció.

—La palabra con la que vivo no es un juego, puedo sentirla dentro de mí. Provocándome a que la pronuncie, pero no puedo. Primero necesito dominarla antes de que ella lo haga conmigo. Y si quiero lograrlo debo dejarla salir un poco.  

La sortija de Eli desprendió un aura sangrienta. Los hilos de energía fueron rodeando su brazo hasta llegar a su rostro. La mitad de su cabello cambió de color al igual que su ojo. El poder del anillo lo oprimía. Este era su nivel por el momento. Sólo pudo dejar que la palabra probara una pizca de su usuario.

—Agelein, espero que tú también estés peleando con todo tu poder. Porque si no, el segundo al mando de esta Legión seré yo.

Los Portadores de la Legión de Cobre luchan por superarse a sí mismos. La única forma de convertirse en los mejores será enfrentándose a enemigos cada vez más fuertes. Todavía se encuentran muy lejos de su verdadero potencial, pero ya han dado el primer paso para descubrirlo.