BACIS 31. UNA CELEBRACIÓN INESPERADA

A las afueras de las minas de Otaez un niño espera a que su padre siga con vida. La noche ha llegado y los Portadores aún no regresan. Conforme las horas pasan cree escuchar risas y bramidos. Ojalá sus héroes vuelvan.

—¡¿Hay alguien aquí?! 

Kadu buscaba a los mineros iluminando los rincones de la bóveda. La pelea entre Nad y la mantícora terminó. Lo supo al dejar de percibir el aura de la bestia. Durante el combate se aseguró de mantenerse alejada, aunque los rugidos y las embestidas se escucharan cerca.

—¡¿Hay alguien aquí?!

Continuó alumbrado sobre los cráneos y los restos humanos. Era posible que nadie siguiera con vida. Ya pensaba de qué manera decirle a Yuma que su padre no regresaría y que ella y sus compañeros no pudieron cumplir su misión como Portadores.

—¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! Aquí. Aquí.

—¡Lo puedo escuchar! ¡No pare!

—Aquí. Aquí. Aquí estamos. ¡Cof! ¡Cof!

Siguió la voz hasta un rincón de la mina. Al principio no distinguió a la persona que le hablaba. Hasta que la luz de la antorcha le permitió encontrar a los sobrevivientes.  Fue peor de lo que imaginó. Al borde de la deshidratación  los mineros necesitaban salir rápidamente de ahí.

—¡Ahh! – Kadu perdió el aliento.

Sólo había cuatro mineros. Sus cuerpos se encontraban enflaquecidos y pálidos. Llevaban dos semanas sin comer o beber agua. Esperando a que la mantícora los despedazara y los hiciera parte de la colección de huesos en la bóveda.

—¡Soy Kadu de la Legión de Cobre y venimos a rescatarlos!

Los cuatro trabajadores  lloraron. Uno de ellos balbuceaba pronunciado el nombre de alguien. Kadu se acercó  para entender qué decía. El hombre se encontraba en muy mal estado.

—Yu…Yu…Yuma. Mi hijo.

Era el padre de Yuma.. El cabello se le había caído a causa de la ansiedad y en un momento de hambruna tuvo que recurrir a comerse las uñas de manos y  pies. Temblaba de frío y lamía sus labios.

—¡Tu hijo se encuentra bien! ¡Te está esperando afuera!

La Portadora no pudo contener su emoción y lloró junto a los mineros. Tenía que avisarle a su líder. Desde una de las cuevas se empezaron a escuchar gritos.

—¡Nad mío! ¡Kadu, Kadu! ¿Dónde están?

—¡Shhhh! ¡Sariel no grites! ¡Vas a hacer que la mantícora nos encuentre!

—¡Deja de ser tan llorón, Agelein! ¡Nad mío! ¡Kadu, Kadu! ¿Dónde están?

—Pisen con cuidado y no vean hacia abajo – dijo Eli.

—¿Por qué…? ¡Son cráneosssssss!

—¡Shhhhh! ¡Agelein no grites! ¡Vas a hacer que la mantícora nos encuentre!

—¡Eso fue lo que yo te dije, Sariel! ¡Ah, más cráneos!

Eli, Agelein y Sariel aparecieron en la bóveda. Caminaron sobre los cadáveres y sin querer tropezaron con el cuerpo de la mantícora. Ensangrentada y llena de cicatrices. La bestia aún respiraba.

—¡La mantícoraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! –gritó Agelein.

—¡WOW! ¡Es más grande de lo que imaginé! –exclamó Sariel.

—¿Así que de verdad existe? –dijo Eli.

—Hasta que llegan.

—¡Ah, ¿quién dijo eso?! ¡Un fantasma! – Agelein brincó del susto.

—Soy yo.

Nad salió de la oscuridad y fue alumbrado por la antorcha. En realidad siempre estuvo cerca. Sin embargo ya que nadie podía percibir su presencia lo ignoraron. No parecía tener ninguna herida y su capa se encontraba intacta. Lo único diferente era su mirada. Parecía estar en otro mundo.

—¡Avisanos, Nad! ¡Asustas!

—¡Nad mío!  

—¿Estás bien? –preguntó Eli.

—Sí.

—¡Nad! ¡Tú solo venciste a la mantícora! Me alegro que pudieras, ya estaba pensando en tener que ayudarte – bromeó Agelein.

—¡No seas mentiroso, llorón!

—¡Por lo menos no me quedó dormido a media pelea!

—¿Pudieron encontrar a los mineros? ¿Dónde está Kadu? – Eli se acercó.

—Por allá –Nad apuntó con el dedo.

 Nunca la perdió de vista. El aura de la sortija de Kadu era muy particular y donde fuera que estuviera podría encontrarla. Ella mientras tanto escuchó a sus nuevos compañeros, feliz de que pudieran sacar a los mineros y de que Yuma se reencontrara con su padre.

—¡Amo! ¡Majestad! ¡Joven Agelein! ¡Señorita Sariel! ¡Aquí estoy!

Los cuatro se reunieron con Kadu y los sobrevivientes. Entre todos sostuvieron a los mineros en estado de inanición. Nad ayudó al padre de Yuma cruzando el brazo del herido por su cuello para que se apoyara.

—Salgamos de aquí – dijo Nad.

Los trabajadores estaban terminando su turno y colgaban los picos en su lugar para el día siguiente. Antes de dejar las montañas encontraron todavía a Yuma esperando junto al perro a que su papá y los Portadores aparecieran. Intentaron hacerle entender que era mejor darse por vencido.

—Yuma, tu mamá debe estar preocupada. Mejor vuelve con nosotros al pueblo.

—¡No! ¡Me quedaré aquí hasta que los Portadores regresen! ¡Lo prometieron!

—Yuma, tendremos que llevarte a la fuerza. No puedes quedarte aquí tan noche.

— ¡Ellos lo prometieron!

—¡Guao! ¡Guao! ¡Guao!

—¿Qué pasa, perrito?

Yuma distinguió una luz proveniente de la mina. El fuego de las antorchas iluminaba las sombras de quienes venían. Los trabajadores se quedaron junto al niño y el perro. De la caverna salieron los Portadores de la Legión de Cobre junto a los sobrevivientes.

—¡Ya es de noche! ¿Cuánto tiempo estuvimos ahí? – dijo Agelein observando las estrellas.

—¡No sé! ¡Pero ya me está dando sueñito! –bostezó Sariel.

—Gracias, joven. No sé cómo pagarle–balbuceó el padre de Yuma.

—No hables – respondió Nad.

—¡Papá!

Yuma reconoció a su padre. Corrió hacia él y el perro lo siguió. Los trabajadores se quedaron boquiabiertos. Salieron a toda velocidad hacia el pueblo para esparcir la noticia gente.

—¡Papá! ¡Papá! ¡La Legión de Cobre te salvó como me lo prometieron! ¡Líder, Nad, gracias!

—Hijo. Tú no cambias – intentó sonreír su padre.

—Tu papá necesita descansar, Yuma. Hay que llevarlo al pueblo – recomendó Eli sosteniendo a otro de los sobrevivientes.

—¡Vamos! ¡Papá! ¡Te vas a curar pronto!

—Sí, hijo.

En la calle principal del pueblo la gente se arremolinó a escuchar las noticas, expectantes  a que los Portadores llegaran. Los niños dejaron sus camas y se unieron a los demás. La madre de Yuma también esperaba,  quería volver a ver a su esposo.

—¡Son ellos! ¡Los Portadores! –gritaron los niños por la calle.

Nad y su grupo entraron al pueblo. Las esposas de los sobrevivientes lloraron acercándose a sus maridos, la madre de Yuma incluida. Por otro lado, la gente no sabía qué decir. Tal vez  podían confiar en esta nueva Legión y convertirse en sus aliados.

—¡Mamá! ¡Regresé, y mi papá también!

—¡Yuma! ¡Querido! No tenemos con qué pagarles lo que hicieron por nosotros, mi hijo sólo quería salvar a su padre.

—Lo sabemos – respondió Eli.

—¡Majestad! – se inclinó la señora.

—No es necesario que te inclines. Ayudamos a tu hijo porque es nuestro deber.

—¡Gracias, Majestad! ¡Gracias! ¡Gracias a usted también, joven líder!

—Vámonos – dijo Nad.

Nad dejó a Yuma con su padre y los heridos fueron  llevados a una de las casas para curarlos. No esperó a que le dieran alguna recompensa o lo alabaran. Simplemente atravesó la calle en dirección al cuartel rodeado de los pobladores. El perro lo siguió al igual que sus compañeros.

    Entraron exhaustos a la mansión. Agelein y Sariel se tiraron por la sala, Eli se recargó en una de las paredes, Kadu se quedó acariciando al perro y Nad se mantuvo de pie sosteniendo el libro bajo la capa.

—¡No estuvo tan mal para ser nuestra misión, ¿eh? – dijo agelein. –Aunque yo sí me quede esperando la recompensa.

—En eso tiene razón el llorón, yo quería comprarme unos dulces con el dinero.

—A mí me gustó poder ayudar a la gente del pueblo como antes – mencionó Kadu.

—El dinero es lo de menos –dijo Eli.

—¡Pues claro! ¡Tú eres el Príncipe de Otaez! ¡Todo el dinero del mundo es tuyo! –respondió Sariel de manera berrinchuda.

—Ya no más.

—¿Cómo qué ya no más? – preguntó Agelein.

Eli iba a dar una respuesta cuando Nad dejó la sala sin decir nada. Todos esperaban  que como líder les dijera algunas palabras por haber completado la misión. Cosa que no hizo. Agelein pensó en seguirlo pero tuvo la misma sensación que cuando terminaron la primera fase del Examen de Portadores.

—Algo le pasa a Nad.

—Así es mi futuro esposo. Reservado y guapo.

—Yo también lo noté, Agelein. ¿Kadu, sabes algo respecto?

—No, Majestad.

—Iré a buscarlo.

—Búsquelo en el ático, Majestad. Creo que ahí estará.

—Gracias.

Eli salió del vestíbulo. Alguien estaba tocando la puerta  de la mansión y fue a revisar de quién se trataba.  Por las ventanas sucias distinguió el fuego de muchas antorchas. Al abrir descubrió a todo el pueblo en el patio del cuartel.

—¡Es el Príncipe Eli! ¡Ohhhhh! –exclamaron los pobladores.

—¡Eli! – brincó Yuma que era quién acababa de tocar.

—Yuma, todos, buenas noches ¿Qué hacen aquí?

Los pobladores traían cargando sillas carcomidas, mesas sin varias patas, colchones deshilachados y utensilios de cocina hechos a mano. También venían con costales de frutas y carne seca. Algunos sacaron las botellas de vino que sólo bebían en ocasiones especiales.

—¡Queremos darles las gracias por lo que hicieron! ¡Y sabemos qué no tienen ningún mueble! ¡Por eso les trajimos  los de nuestras casas!

—Yuma, eso es muy amable de su parte pero no podemos aceptarlos.

—¡Sí pueden! ¡ ¿Verdad?! – les dijo Yuma a los pobladores.

—¡Acéptelos, Majestad! ¡Por favor!

—¡Agelein! ¡Mira! ¡Regalos! – descubrió Sariel asomándose por la puerta.

—¡Eli por qué los haces esperar! ¡Qué pasen! ¡Qué pasen!

Yuma y los pobladores entraron a la mansión. Las jóvenes se sonrojaron al pasar a un lado de Eli, quien saludaba cordialmente a los invitados. Sin pedir permiso la gente colocó la comida y los muebles por la sala. Y así, comenzó la fiesta en honor a los nuevos Portadores de la Legión de Cobre.

—¡Ahí está Kadu! –dijeron unos niños reconociéndola.

—¡Agelein! ¡ ¿A qué puedo comer más que tú? – lo retó Yuma.

—¡Nadie puede vencerme en comer!

—¡Excepto yo! – Sariel se atascó de carne y fruta al mismo tiempo.

La fiesta continuó. Los pobladores conocieron mejor a la nueva Legión de Cobre. Agelein y Sariel comían sin parar junto a Yuma. Kadu intentaba seguirles el ritmo a los niños que corrían por la mansión y Eli tomaba jugo de frutas viendo cómo la gente se divertía. Esperó el momento adecuado y se escabulló subiendo al ático.

     Allí encontró a Nad pensativo. Sostenía en su mano un libro que todavía no abría y el perro estaba dormido sobre el único colchón de  la habitación. La mirada de su compañero se notaba perdida y sus dedos apretaban con fuerza el lomo del libro. Dudando si abrirlo o no.

—Supongo que sabes qué está pasando abajo – le avisó Eli.

—Sí.

—La gente del pueblo parece aceptarnos, deberías bajar.

—No, estoy bien.

—Nad, los demás están preocupados ¿Qué sucedió en la mina? Recuerda que ahora somos compañeros de Legión.

— Eli, ¿de verdad estás dispuesto a seguirme? ¿Incluso si eso significa que puedas morir? Ni si quieran conocen el motivo de mi búsqueda.

—Tú tienes una meta y yo voy ayudarte a conseguirla. En el camino espero también poder cumplir la mía. Por algo aceptamos unirnos a ti. Agelein y Sariel también creen en que puedas lograrlo. Encontraremos Bacis. Juntos. Pero en algún momento tienes que contarnos qué sucede.

—Ya veo.

Nad le lanzó el libro a Eli. Este lo tomó  y por un momento no supo si su vista le  fallaba. En el título podía leerse: Historia completa de los 99 Mundos. Versión Crítica de Lura Esseren. Volúmen I de XCIX.

Tú eres el listo del grupo ¿sabes qué hay en más allá de Sunthaz? – preguntó Nad.

—No entiendo.

—¿Sabes o no?

—Si seguimos el camino del Sur llegaremos a una de las cuatro esquinas de la Tierra. Allí se encuentra el Cuartel de la Legión de Oro. Después de eso hay un lugar más y luego el vacío.

—¿Qué lugar?

—Cineris. La ciudad que se reveló ante el reino hace diez años y fue reducida a polvo.

—¿Y después?

—Como ya te dije, el vacío. Nadie ha ido más allá de Cineris porque después de ahí se acaba el mundo.

—Bien. Allá iremos entonces.

—¿A Cineris te refieres?

—Más allá de Cineris. Al fin del mundo.

Está decidido. La Legión de Cobre emprenderá una aventura hacia las tierras de Sunthaz. Sede del Cuartel de la Legión de Oro y ubicación de Cineris. La ciudad donde la ceniza no ha dejado de llover desde el fin de la guerra. La celebración continúa en la mansión. Dejemos que los Portadores disfruten de su primera victoria.