BACIS 30. EL SECRETO TRAS LA MIRADA

La Legión de Cobre se adentra en las minas para cumplir con su primera misión. Allí descubren la existencia de seres que tienen el mismo poder que los anillos otorgados por los Dioses.  Este es el momento en el que deben trabajar como equipo para salir victoriosos.

Los gules se amontonaron en la cueva. Observaron con detenimiento a los Portadores y la antorcha que les brindaba un poco de luz. En cualquier segundo se lanzarían para desgarrarlos con sus colmillos y lamerles los huesos.

—Sariel, Agelein. Estén atentos, van a atacarnos a la vez. Quiero que sigan mi plan, yo me encargaré del flanco norte, este y oeste. Ustedes preocúpense por cubrir la retaguardia. Administren la energía de sus anillos si es que van a utilizarlos. ¿De acuerdo?

—¡Sí!

Eli no podía perder la calma. De los tres era el más preparado para luchar, así que intentaría encargarse de la mayoría. Las risas resonaron por la mina advirtiendo el inicio de la lucha.

— ¡Ja,ja,ja,ja,!

— ¡Agelein!  ¡Sariel! ¡Ahora!

—¡Síííí!

Arrastrándose y brincando por los aires, la horda de gules  se mezcló con la oscuridad preparando sus garras. Abrieron la boca de modo que una cabeza entera pudiera ser arrancada de tajo.

Peleando cuerpo a cuerpo, Eli cubría las tres posiciones. Al mismo tiempo intentaba no alejarse de la antorcha. Esquivando los arañazos y moviéndose de manera vertical u horizontal cuando los engendros lanzaban sus mordidas.

Las patadas del príncipe quebraron sus quijadas y los codazos en el pecho las dejaron sofocadas. A pesar del sudor escurriendo por su nariz y el cabello cubriendo por momentos su rostro, se sentía seguro. Ya que detrás sus compañeros  lo protegían.

— ¡Mantengan el ritmo!

— ¡Sííííí!

La extraña pareja que formaban los dos jóvenes no luchaba con la misma destreza que Eli. Su estrategia consistió en que Agelein cargara a Sariel por los brazos y dieran vueltas sin mientras ella lanzaba patadas enloquecida.  Ningún gul podía atravesar su defensa improvisada.

—¡Mueran, bestias! ¡Nadie me pondrá un dedo encima! ¡Sólo Nad!

— ¡¿Cuántos faltan, Sariel?! ¡Me estoy mareando!

—¡No seas llorón y lánzame contra todos!

— ¡¿Segura?!

—¡Lánzameeeeeeeee!

Agelein giró y giró hasta que tomó la viada suficiente para soltar a Sariel. Esta salió volando y atravesó la ola de gules con sus puños. Aterrizó alejada de la antorcha y las criaturas que seguían llegando por los túneles fueron hacia ella. Lista para enunciar la palabra de su sortija algo la detuvo…

—¿Por qué ahora? ¡Agelein! ¡Te encargo lo demás! ¡Quince segundos de microsueño! ¡Adiós!

—¡Sariel!

Eli escuchó el gritó de Agelein y supo de qué se trataba. Aunque quisiera ir en su rescate no podía dejar descubierto los tres flancos. Más gules aparecían levantando a los heridos. El cansancio se iba acumulando.

—¡No tengas miedo, Agelein! ¡Enuncia!

Nad y Eli compartían una cosa en común. Su voz tranquilizaba a las personas en situaciones difíciles. Agelein ya lo había vivido cuando estuvo a punto de perder en el examen de Portadores y escuchó a su amigo pidiéndole que no se rindiera.

Corrió hacia Sariel y activó la sortija.  El resplandor encegueció a los gules. Dio un brinco elevándose por encima de su compañera dormida, gritando el segundo de los cinco enunciados.

—¡Angelent! ¡Tormenta de plumas!

Al terminar de pronunciar el enunciado de ataque Ageleien cruzó sus brazos simulando el movimiento de  las alas. El aura dorada de su cuerpo salió expedida en forma de plumas de energía.  Arrasando con los gules y rebanándolos.

— ¡Ufff! ¡Eso me costó mucho trabajo, Eli! ¡Necesito recuperarme!

—Yo me encargo. Descansa.

Eli se unió a Agelein y Sariel para protegerlos. Luchando solo, iba de un extremo a otro.  

—¡Ja,ja,ja!

Si quería terminar con la risa de los gules y reunirse con Nad donde fuera que estuviera tendría que utilizar la fuerza de su anillo. No iba a pronunciar la palabra, sólo dejaría salir un poco de su aura. La misma que mostró ante Lobo Negro.

Detuvo sus ataques, cerró los ojos, respiró profundo y la energía fluyó. Un aura ensangrentada rodeó la sortija. Esta vez ni su cabello o sus ojos cambiaron de color.  Estaba aprendiendo a controlar el poder que le otorgaron.

El ataque duró menos de un parpadeó y los gules cayeron derrotados ignorante de cómo acababan de vencerlos. La antorcha conservó su fuego y ya no se escuchó ninguna risa por la mina.

—¡¿Ganamos?! – despertó Sariel.

— ¡Eli y yo ganamos! ¡Tú te dormiste!

—Los dos lo hicieron muy bien.

—¡Gracias, Eli! – respondieron sonrojados.

—Descansaremos un poco antes de continuar. Nad y Kadu no se encuentran muy lejos de aquí.

— ¿Cómo sabes eso, Eli?

—Puedo percibir el aura de la criatura contra la que se está enfrentando Nad.

—¿Y es fuerte?

—¿A comparación de  Nad? –sonrió Eli. –No creo.

La mirada del joven hizo temer a la mantícora. Sus cuatro patas temblaron y los vellos del cuerpo se le erizaron. Recordó de nuevo a la única persona que pudo vencerlo en el mismo reto hace miles de años.

—Te pareces mucho a él.

—No sé de quién hablas ni me importa. Sólo vine por los mineros.

– ¡Lo he visto en ti! ¡Roarrrr!

El rugido de la mantícora estalló por la cueva y alzó la capucha de Nad. Se mantuvo firme recibiendo el aliento hediondo y la baba gelatinosa de la bestia.  Kadu seguía escondida, cubriéndose los oídos para que no se le reventaran los tímpanos.

—Voy a darte lo que quieres, ven –la bestia abrió el hocico.-Todos están aquí dentro.

—Niña, toma la antorcha y busca a los mineros que queden. Donde percibas el poder de la mantícora  estaré yo. Aléjate de ahí.

—¡Entendido, Amo!

Tomó la antorcha y se alejó cuanto pudo. Nad le encomendó que cumpliera con la misión y eso haría. Moviéndose por la cueva y distinguiendo el poder de la bestia a los alrededores buscó a los sobrevivientes. Con suerte encontraría al padre de Yuma.

—¿Cuándo les di permiso de husmear en mi casa? ¡Roarrr!

Enfurecida la mantícora apuntó con el aguijón hacía Kadu. La extensión de la cola  fácilmente la alcanzaría. Nad se dirigió a la criatura.

—Tu oponente está por acá.

Reventó los labios del rostro anciano enterrándole la planta del pie entre los dientes. Uno de los colmillos se desprendió y la sangré manchó los cráneos esparcidos por el suelo. La bestia aulló de dolor. Se alzó hacia el límite de la bóveda extendiendo las alas.

—¡Arggg!

El aguijón cambió de presa eligiendo a Nad. La mantícora atacó con su cola intentando atinarle. Por tierra este evadía las embestidas. En una de la estocadas  y pulverizando los cráneos la cola se quedó clavada en la tierra.

    Nad subió por la extremidad  hasta llegar al animal. El joven impactó con una de sus rodillas el estómago de la criatura. Enviándola a la montaña de cadáveres.

    —¡Arg! ¡Arg! ¡Arg!

Nad aterrizó observando cómo su oponente se aferraba jadeante a seguir luchando. En un último intentó, la mantícora se precipitó para estrellarlo con su cabeza.

—¡Roarrrrr!

Frenó de seco el cabezazo sin moverse un centímetro. Con ambas manos sostuvo el colmillo restante.

—Ahora entiendo tu mirada. Lo estás buscando.

—¿De qué hablas?

—Hablo de la persona que vi en tus miedos. ¿Acaso te hizo algo? Mi viejo amigo. Lura.

—¡Lura! ¡¿Lo conoces?! ¡Responde! –bramó Nad con voz profunda.

—No creo que estés en condiciones de exigir.

—¿Qué quieres?

—Seguir con vida. Este es un mundo nuevo para mí después de tantos años dormido. Quiero salir y conocer otros sabores. Si sabes a lo que me refiero.

—¿Es todo?

—No pido más. Déjame con vida y te diré lo que sé.

—Habla antes de que me arrepienta.

—Eres un muchacho listo y esa mirada lo comprueba. Antes dime una cosa ¿Lura te quitó tu ojo?

—…

—¡Ja,ja,ja,! No ha perdido la costumbre. Lura fue un soñador,  un viajero que creía en la paz entre los 99 mundos. Al descubrir que eso era imposible provocó un cataclismo que lo llevó al exilio junto a sus aliados. Incluyéndome. ¡Cómo nos divertimos!

—¿Qué son los 99 mundos?

—Es difícil de explicar. Tendrás que descubrirlo por ti mismo, la respuesta a esa pregunta se encuentra muy al sur. Donde la luna se esconde durante el día. – la mantícora permaneció callada.

—¿Qué más? ¡Habla! ¿Quién es Lura? ¡Te ordeno que hables! – gritó Nad enfurecido.

—No soy tonto. Tengo que asegurar mi propia vida y si te sigo contando moriré. Ve más allá del sur si te sientes listo y piensa bien si este es el camino que quiere seguir. Aún estás a tiempo de arrepentirte. Desconozco qué problema tengas con mi viejo amigo pero no es alguien a quien puedas vencer. Aunque tienes determinación, eso debo concedértelo. Eres la segunda persona en los 99 mundos que logra sostener la mirada de una mantícora. La primera fue Lura. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué tiempos!

—¿No me dirás más entonces?

—Por mi bien no.

—Ya veo.

Nad se alejó unos pasos. En su dedo índice formó una esfera de energía purpura. El aura sobrepasó el entendimiento de la mantícora, que desesperada quiso alejarse. Sus patas no respondieron y petrificada vio la palabra a la que los Dioses temían.

—¡Ey! ¡Espera! ¡Te dije lo que necesitabas! ¡No me mates! ¡Detente! ¡Hicimos un trato!

—Nunca dije que esto te mataría.

El rostro anciano de la mantícora recibió el ataque. Al principio no sintió ningún cambio. Momentos después la esfera se expandió encerrándola en una celda de energía que la quemó, dejándole moribunda. El único ojo de Nad se confundía con el de un monstruo al borde de la locura. Era la Nada. Que conforme avanzaran los años lo iría consumiendo.

El camino de Nad parece tomar forma. Más allá del sur se encuentra una respuesta. La primera de muchas que irá descubriendo a lo largo de su vida. Mientras tanto tendrá que viajar al lugar donde se oculta la luna durante el día. ¿Acaso no es el mismo sitio al que se dirigieron en su última misión la antigua Legión de Cobre?