BACIS 29. LOS SERES QUE VUELVEN

Los Anillos de Poder tienen grabados en su interior todas las palabras que existen y existirán. Dentro de sus categorías se encuentra la destinada a los Seres Imaginarios. Criaturas que nacieron en los sueños y las pesadillas  de la humanidad.  Muchos se han hecho la misma pregunta durante siglos ¿Acaso estos seres podrán ser reales y vivir entre nosotros?

Cualquiera de los accesos de la mina podía llevar al padre de Yuma. Nad y Eli tomaron las antorchas aún encendidas de los trabajadores que salieron corriendo. Con el lugar mejor iluminado decidían qué camino tomar.

—Recomiendo que busquemos una soga para amarrarnos.

—¿Le da miedo perderse, Majestad? – bromeó Sariel.

—Pienso en las posibilidades de que tomemos el camino equivocado… No sería la primera vez– Eli miró sospechosamente a Nad.

—¿De qué me perdí? – preguntó Agelien. –Ohhhh, ya entendí, lo que pasa es que Nad es malísimo para seguir direcciones.

— No sólo yo –le regresó la mirada a su compañero.

—Ohhhh, ya entendí, lo que pasa es que Eli también es malísimo para seguir direcciones.

Al no lograr ponerse de acuerdo sólo caminaron hacia la cueva más cercana. Con dos antorchas era complicado saber quién iba con quién y si en realidad estaban yendo juntos hacia el mismo lugar. El fuego se meneó a causa del aire.

—Hubieras venido con nosotros, Sariel. Kadu nos enseñó la sala de entrenamiento y los baños. ¿Sabías que vamos a tener un baño para cada uno?

—Pues, claro, tonto, ¿qué esperabas?

—Es que en mi pueblo sólo hay uno para todos.

—¡¿Cómo?!

—Es mejor de lo que suena, te acostumbras y si eres listo puedes utilizar el agua varias veces al mes.

—¡Cállate, asqueroso! Además tenía cosas más importantes que hacer.

—¿Buscar lugares para dormir te parecen cosas importantes que hacer?

—¡Por supuesto! Espera. Ahí vienen mis quince segundos de microsueño. Nos vemos pronto. Adiós –Sariel agachó la cabeza y roncó.

—Nad, ¿y tú qué encontraste en la mansión? –Agelein esperó a que respondiera. — ¿Nad? ¿No tienes ganas de hablar? ¿Nad? ¿Nadsito? Espera, no puede ser.  Eli, dime que tú sigues aquí.

—Aquí sigo.

—¿Nos separamos verdad?

—Así es.

Eli, Sariel y Agelein tomaron otra ruta sin darse cuenta. El paradero de Nad y Kadu era desconocido. En algún punto tendrían que reencontrarse.

—¡Lo mismo pasó cuando lo conocí! Me preguntó que dónde estaba el Centro de Inscripciones y sólo tenía que seguir derecho. Ojalá no nos maten antes de que lo encontremos, por suerte tenemos a Eli. O sea también se pierde pero es fuerte.

—Gracias, Agelein. Es muy amable de tu parte.

—¡De mi futuro esposo no vas a estar hablando! –exclamó Sariel adormilada.

El fuego de la antorcha hizo relucir las joyas en bruto de la mina. Clavadas en la piedra y esperando a ser extraídas. El oro, la plata y el diamante brillaron. Agelein jamás había visto en persona esta clase de metales.

—Eli, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Por qué el Rey le está pidiendo a la gente más oro de las minas si no hace falta?

—Hay varios motivos. Uno de ellos son los conflictos entre las regiones.  El oro ayuda a mantenerlos contentos. Otro son las guerras, cuando llegan se necesita de mucho dinero para abastecer al ejército. Aunque como sabes ya no hay conflictos entre las regiones y las guerras terminaron. Por lo que el motivo de mi padre es un mero capricho.

—Mmmm, no entiendo, perdón, je, je.

—Hace diez años terminó la guerra contra una ciudad ubicada muy al sur de la capital y de la que no conocemos muchos datos. Sólo que reunieron a la gente suficiente para tratar de derrocar al rey. Sin la ayuda de los Portadores lo hubieran logrado. Por eso, mi padre va a realizar un festejo el próximo año, en el que se celebrará la primera década desde el fin de la guerra. Todo el mundo será invitado a la capital y los nobles van a ser recibidos con oro, diamantes y rubís. La ciudad entera estará tapizada de piedras preciosas.

—Ohhhhhh ¿Y por qué nadie sabe de esto todavía?

—Mi padre estaba esperando a tener los últimos detalles. Lo más probable es que las noticias del festejo deban estarse repartiendo por las cuatro regiones en estos momentos.

—Eli, y aprovechando que hoy andas muy platicador, no es por ser chismosa ni nada, pero ¿cómo le hiciste para que tu papá te dejara unirte a esta Legión? –preguntó Sariel quisquillosa.

Los rieles construidos en la mina se notaban oxidados y carcomidos.  Tenía poco sentido que las vías estuvieran en tal mal estado. A menos que ese fuera un camino antiguo.

—Tierra plana llamando a Eli, responda mi pregunta.

—Hicimos un trato.

—¿Qué clase de trato?

—Le…No se muevan –los alertó Eli.

El viento meció la llama de la antorcha sin parar. En las paredes aparecieron sombras que se mostraban sólo cuando la luz podía enfocarlas. Debido a su extraña forma no podía saberse con seguridad si eran producto del aire. Agelein y Sariel se acercaron a Eli sin soltarlo del tabardo.

—¡Fantasmas!

—¡Cállate, llorón!

—Tranquilos,  creo que los mineros encontraron otra cosa aquí dentro.

—¡Todo menos la Mantícora, Eli! ¡Todo menos la Mantícora! –suplicó Agelein.

—¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!

Las sombras rieron desde el fondo acercándose. Escucharon cómo arañaban la piedra con sus uñas, tronando su quijada. Los tres giraron la cabeza para descubrir qué los seguía.

—¡La Mantícoraaaaaaa!

El grito de Agelein emocionó a las criaturas. Parecían seres humanos. Su cuerpo era sumamente delgado, tenían la piel adherida a los huesos junto a unas ronchas en cada poro.  Se les notaban las vértebras de la joroba y en lugar de dientes lamían sus colmillos.

Los jóvenes corrieron por el estrecho túnel de la mina. El fuego de la antorcha se apagaba y los engendros acostumbrados a la oscuridad podía encontrarlos con el puro olfato. Las fosas nasales, dos orificios sin carne encima de sus bocas olían cualquier movimiento.  

—¡¿Qué son esas cosas?! –gritó Sariel.

—¡Es la Mantícoraaaaa! –chilló Agelein.

—Son Guls – explicó Eli. —Viven en las profundidades y les gusta comer niños recién nacidos. O adolescentes de catorce años.

—¡Esa es mi edad! ¡No! ¡Voy a morir ahora sí!

—¡Cállate, llorón! ¿Cómo puede ser que existan? ¿No eran cuentos?

—Lo mismo pensaba, Sariel – dijo Eli.

Llegaron a una caverna que se dividía en otra docena de pasadizos. Contaban con pocos segundos antes de los gules los alcanzaran. Era inútil intentar escapar. Sus anillos brillaron distinguiendo la presencia de más criaturas en todas direcciones.  

—Agelein, Sariel. Prepárense para pelear.

—Al parecer no hay otra opción – dijo Sariel.

—¡Ahhh! ¡No quiero morir! – exclamó Agelein.

Eli clavó la antorcha en el centro de la cueva. Junto a sus compañeros rodearon el poco fuego que tenían para protegerlo. Cuidándose al mismo tiempo las espaldas. Esperaron a que los gules aparecieran. De cada túnel llegó una horda de criaturas hambrientas, tronando la quijada y riendo a la vez.

—¿Listos? – les preguntó Eli.

—¡Listos! – gritaron Agelein y Sariel a la par.

Las risas de los gules llegaron hasta Nad y Kadu. Ambos se detuvieron para saber qué sucedía.

—Amo, ¿escuchó eso?

—Sí.

—¿Cree que los demás vayan a estar bien?

—Tal vez.

Cada que la temerosa adolescente  intentaba abrir la boca para hablar las palabras se le iban. Aún no podía creer que alguien tan joven hubiera logrado luchar a la par de Ruber y demostrarle a los Portadores que su fuerza estaba más allá de lo entendible.

    La luz de la antorcha  iluminó los picos oxidados a media extracción de oro. Kadu, con la mirada gacha y nerviosa buscó la manera de conversar un poco. Entonces recordó dónde  había encontrado a Nad antes de iniciar  la misión.

—Amo, ¿cómo fue que dio con el ático? ¡No es que usted no pueda estar ahí!

—… ¿Qué quieres decir?

Si bien no quería que los otros supieran qué clase de objeto encontró, tal vez ella tendría las respuestas que necesitaba. Después de todo ese fue su cuartel mucho antes.

—El ático pertenecía a uno de mis antiguos compañeros. Estaba obsesionado con la historia de Otaez y le pidió a la líder un lugar donde leer sin que nadie lo molestara.  Porque todos solían hacer mucho ruido– dijo melancólica.

—¿Cómo se llamaba?

—Igto. Se unió mucho que antes que yo a la Legión y era uno de los miembros más importantes.  Rara vez lo veíamos, podía pasar semanas enteras en el ático y sólo bajaba a comer. Los últimos meses antes de que … – suspiró. – Antes de que la Legión fuera asesinada, Igto salió corriendo de su habitación y fue con la líder. Dijo que acababa de descubrir la verdad y que si no actuábamos rápido sería muy tarde para evitar una catástrofe.

—¿Cuál verdad?

—No lo sé, Amo. Ese fue el motivo de la última misión que tuvo la Legión de Cobre. La líder reunió al equipo completo y partieron. A mí me dejaron, semanas después descubrieron sus cuerpos en la frontera de Sunthaz – Kadu sollozó un poco.

—Ya veo.

—Disculpe, Amo. Todavía me cuesta trabajo asimilarlo.

—Está bien.

—Lo último que puedo recordar es que la líder me comentó algo muy extraño antes de irse. No se lo he dicho a nadie y cuando me interrogó el líder Aurum preferí guardar el secreto.

—¿Qué?

—La líder Dríada me dijo que la misión sería en el lugar donde se oculta la luna durante el día.

Nad se quedó callado. Asimilando lo que acababa de escuchar y tratando de hilar los hechos con el paradero de Bacis y la identidad de Lura. Cada que creía tener una pista aparecía otro suceso que de alguna forma estaba vinculado a su objetivo.

—Gracias por la información. Tomaré ese cuarto como mío.

—Amo, ¿de casualidad encontró algo en el ático? Cualquier cosa que pudiera ayudarme a saber qué pasó en realidad con mis compañeros.

—Tal vez.

Poco a poco comenzaba confiar en su nuevo líder y en el equipo que le asignaron. Esperaba llena de anhelo que pudieran ayudarla a resolver el crimen realizado a sus antiguos compañeros.

    El túnel de la mina se fue haciendo cada vez más angosto y el suelo crujió con sus pisadas. Nad alumbró hacia abajo y Kadu casi se desmaya. Descubrieron restos humanos y marcas de sangre seca.

—¡Ahaaa! ¡Ahaaaa! ¡Ahaaa!

Una respiración profunda y agitada invadió el túnel. Parecía el gemido de una bestia que espiaba desde su escondite a quienes invadían su hogar. Los restos humanos se amontonaban conforme se acercaban al bramido.

    Cruzaron el pasillo entre los huesos e ingresaron a una bóveda. El eco y el fuego tenue de la antorcha  daban señales de las dimensiones del lugar. Tumultos de cráneos y cadáveres apilados en montañas rodaron cuesta abajo.

—¿Portadores? Así que todavía existen. ¡Ahaaa! ¡Ahaaa! ¡Ahaaa!

La bestia caminó alrededor de Nad y Kadu sin mostrarse. Oculta en la oscuridad examinó a los dos jóvenes. Su voz ronca y  el impacto de sus pisadas sobre los huesos  les hicieron saber que tenía un tamaño descomunal.

—¿Saben si los Dioses siguen aquí? No logro percibir a ninguno desde que desperté. ¡Ahaaa! ¡Ahaaa! ¡Ahaaa!

Nad seguía a la bestia mediante el rastro que dejaba su poder. Permitió que Kadu lo tomará de la capa para no perderse. La energía del animal aumentaba paulatinamente, como si estuviera recuperándose de un largo sueño. Tras cada bramido su aura ascendía.

—¿Y a qué vinieron me pregunto yo? Sólo soy un viejo que abrió los ojos  después de cinco mil años para descubrir que los Dioses se han ido y que los humanos siguen explotando esta tierra. ¿Por qué no hablan? ¿Acaso los Portadores de este tiempo son mudos? 

—Venimos por los mineros – respondió Nad.

La bestia se interesó por el joven sin anillo. Trató de  percibir poder en él pero no pudo.  Estaba hueco. Y aún así la Portadora, quien se suponía dominaba una de las palabras otorgada a los anillos se cubría detrás de su capa.

—Lamento decepcionarte, joven.  Dejé muy pocos para mi siguiente comida, puedes intentar venir por ellos si quieres. Aunque no tienes poder, ¿así que cómo planeas hacerlo?

—Mírame a los ojos.

La petición lo tomó por sorpresa. En su memoria se encontraba la imagen de  una persona que le había propuesto lo mismo. De eso hace miles de años.  

—Será como tú desees.

La mantícora mostró su verdadera forma. Abrió sus alas de murciélago dejando ver el pecho de león. La cola de escorpión golpeó los huesos y su rostro, el mismo de un anciano apareció. Miró fijamente a Nad, seguro de que el joven no resistiría a la crueldad de sus ojos. En contra de toda probabilidad  este sostuvo su mirada. Igual que la persona de sus recuerdos.

—¿Quién eres? – preguntó la Mantícora.

—Nada.

La Legión de Cobre se enfrenta en su primera misión contra seres que sólo conocían en mitos y leyendas. Criaturas  que quedaron grabadas en los Anillos de Poder y ahora reaparecen.