BACIS 28.¡NUESTRA PRIMERA MISIÓN!

Las Legiones no sólo nacieron para proteger al rey. Una de sus funciones consiste en ayudar a los ciudadanos en las tareas del día a día. Los Portadores son contratados para toda clase de labores y cualquiera puede requerir de sus servicios. Las misiones pueden ir desde limpiar un sembradío hasta atrapar ladrones. También existen contratos especiales, en los que el Portador puede morir.

Nad dejó caer el libro sobre el escritorio. Nunca imaginó que en un sitio como aquel encontraría su primera pista para llegar a la Tierra de los Dioses. Y mucho menos con ayuda del hombre que le arrebató a su hermana.

    Se suponía que el Portal bajo el lago de Otaez era la entrada. Que milenios atrás los Dioses abandonaron la Tierra y  los Anillos de Poder se quedaron entre la gente. No existían datos sobre la existencia de otros mundos. Más de allá de las cuatro regiones estaba el vacío.

—Amo.

Kadu subió al ático e interrumpió los pensamientos de Nad. Este por inercia tomó el libro y lo guardó dentro de su capa. Intentó recobrar el ánimo pero se notaba confundido, el perro se acurrucó en sus pies y le lamió las botas.

—¿Qué pasa?

—¿Se encuentra bien?

—Sí.

—Lo veo un poco raro, ¡noesqueamidebaimportarmeeso!

—Dime qué necesitas.

—Quería avisarle que alguien está tocando la puerta.

—Ya veo.

Nad bajó junto a Kadu y el perro al vestíbulo. Agelein y Sariel se encontraban espiando por las ventanas para saber quién tocaba y Eli regresó de la biblioteca.

—¿Por qué ninguno ha abierto?

—¡Podrían ser fantasmas, Nad! – dijo Agelein.

—¡O una turba furiosa que sabe que sólo me quieres para ti, querido! –exclamó Sariel.

—Yo voy llegando – respondió Eli.

—El cuartel es suyo, Amo, y yo pensé que era su derecho abrir antes que todos – agregó Kadu apenada.

—Claro.

Enfadado abrió y no encontró a nadie. Sólo el pasto seco de la mansión y la luz del sol pegándole en la frente. Antes de cerrar se dio cuenta que debajo de su capa había un niño sosteniendo una canasta de frutas medio podrida.

—¿Qué quieres?

El niño al ver la figura de Nad se  desmayó del susto pero sin dejar de sostener la canasta. Fue como encontrarse al demonio en persona. La capa negra eran las alas, los guantes las garras y el parche del ojo el hueco por donde salía su ejército.

—¡¿Qué le hiciste al niño, Nad?! – preguntó Agelein.

—Se desmayó.

—No cualquiera puede admirar tu belleza, querido – dijo Sariel.

—Hay que acomodarlo en uno de los sillones  y esperar a que despierte – agregó Eli.

—Majestad, perdón, Eli, tenemos un problema con eso. No hay muebles – respondió Kadu.

Eli cargó al niño y Agelein sostuvo la canasta de frutas. Al no haber ningún mueble en la mansión lo acostaron en el piso de la sala principal. Y al no haber tampoco muebles para que ellos se sentaran esperaron de pie rodeando al pequeño. Así estuvieron una hora hasta que despertó.

—¡Ahhhhhhhhhhhhh!

Al abrir los ojos se topó con que cinco ánimas lo observaban fijamente. El perro del rey demonio se acercó e intentó comérselo con sus colmillos ensangrentados. Otro de los demonios tenía el cabello plateado y sonreía de forma maníaca, los últimos tres demonios saboreaban a su presa.

—¡Aléjate, bestia del rey demonio!

—Este niño tiene serios problemas de la vista – dijo Sariel.

—A lo mejor confundió a Nad con un demonio, no sería la primera vez – río Agelein.

—¿Qué dijiste?

—¡Era broma, Nad!

—Kadu, ¿de casualidad lo conoces? Tú estuviste aquí antes que nosotros, tal vez es hijo de algún aldeano.

—¡Tiene razón, Majestad! Es hijo de uno de los mineros pero hace mucho que no lo veía, está más grande. Hola – Kadu se hincó junto al niño. —¿Te acuerdas de mí?

—¡Kadu! – gritó el niño de felicidad.

Después de todo los demonios eran sólo cinco jóvenes y un perro. El rey demonio que en realidad se trataba del líder de la Legión de Cobre mordía una de las manzanas que trajo en la canasta.

—¡Me disculpo por haberme desmayado!

—Está bien, a cualquier puede pasarle – lo tranquilizo Eli.

—¡Usted es el Príncipe de Otaez! ¡Su cabello es como dicen!

—Tú puedes decirme Eli.

—¡¿De verdad?!

—Lo juro.

—¡Y usted debe ser Nad! ¡El nuevo líder de la Legión de Cobre!

—Sí.

—Ahora que me acuerdo te llamas Yuma ¿Por qué viniste? — le preguntó Kadu.

Yuma se puso cabizbajo y acarició al perro. Su visita no era para darle la bienvenida a la Legión o saber si necesitaban algo. Los Portadores podían ser contratados por los ciudadanos de todo el Imperio para cumplir tareas especiales a cambio de un pago justo. Y eso quería. Contratarlos.

—Necesito de sus servicios.

Los cinco se miraron de reojo. En dos meses nadie los buscó en la Capital para que cumplieran alguna tarea. Después del examen de Portadores fueron avisados de sus obligaciones y los trabajos que podían realizar, pero al ser el Grupo Chatarra, supusieron que poca gente estaría interesada en pedir su ayuda. 

—Explícate – dijo Nad.

—Mi papá y sus compañeros desaparecieron hace dos semanas  en las minas después de encontrar un depósito  muy grande de oro. Sólo uno de ellos regresó y tras contar lo que vio dejó de hablar. Enviamos mensajes a los Portadores pero no vinieron y la Legión de Oro tampoco ha llegado a cobrar los impuestos. Si pasa más tiempo mi papá… 

—Está bien, Yuma. Nosotros te ayudaremos ¿cierto, Nad? – dijo Eli.

El libro seguía oculto en su capa. Las ganas por saber qué decía lo tenían desesperado y por momentos olvidó sus intenciones de ayudar a otros. Aunque quería negarse miró en Yuma un rostro que ha presenciado la crueldad del mundo.

—Sí. 

—¡Gracias, Líder Nad! –respondió Yuma limpiándose las lágrimas.

—Eso sólo quiere decir una cosa, Sariel.

—Lo sé, Agelein.

—¡NUESTRA PRIMERA MISIÓN! –gritaron al mismo tiempo.

—Sariel, Agel.

—¡Dinos, Nad!

—Cállense.

Llevaban menos de un día en el pueblo y ya se encontraban contratados para una misión. Bajaron hacia el poblado, los habitantes regresaban de su segunda jornada de trabajo. La gente hablaba de cómo Yuma no se daba por vencido.

— Lleva dos semanas intentando que las Legiones vengan.

—Alguien tiene que decirle que su papá  no va a regresar.

—¿Podremos confiar en estos Portadores?

Cruzaron la única avenida del poblado y siguieron el rastro de los demás trabajadores a las minas ubicadas en lo alto de las montañas.  De cada cueva se extraían minerales y piedras preciosas diferentes. Una vez al mes, miembros de la Legión de Oro iban por lo recolectado, exigiendo siempre una producción más alta.

—Oye, Yuma ¿y qué fue lo que les contó el señor que se quedó mudo? – preguntó Sariel.

—Era casi la hora del descanso como hoy que ustedes llegaron y apareció gritando por la calle. No traía ropa y todo su cuerpo estaba aruñado. Gritó que escaparemos, que en las minas habitaba un monstruo. Un león gigante con alas de murciélago y rostro de anciano.  

—Eso no puede ser verdad.

—¿Ya te está dando miedo, Agel?

—¡A mi nada me da miedo, Nad!

—Mantícora, ese es el nombre de la bestia que vio el señor – aclaró Eli.

—¡Eli, por favor dime que no existe o que es un monstruito! – suplicó Agelein.

—Tienen el tamaño de un león y sus alas alcanzan los cuatro metros. En ocasiones nacen con un aguijón de escorpión y rostro humano.

—¡Eli, ya!

—Suelen vivir en las profundidades de la tierra y su hambre es insaciable. La única manera de vencerlas es retándolas a mirarla fijamente a los ojos. Ya que con su mirada pueden descubrir los secretos y miedos más ocultos de una persona.

— ¡Eli! ¡Basta!

— Pero son historias, Agelein.

Llegaron a las minas. Los trabajadores se adentraban a las cuevas con sus picos y evitaban pasar a un lado de los Portadores. Una de las entradas era custodiada por dos mineros, a la vez que otros habían comenzado a sellar la cueva con piedras. Yuma corrió para evitarlo.

—¡¿Qué están haciendo?! ¡Ahí está mi papá!

—Yuma es momento que enfrentes la verdad, tu papá murió– dijo uno de los custodios.

—¡Tú no sabes eso!

—Pronto serás un hombre y tendrás que encargarte de tu familia.

—¡Mi mamá también lo está esperando!

—Yuma, por favor retírate, evítanos hacerte daño.

—¿Qué está pasando? – dijo Nad.

Se acercó a los mineros y estos retrocedieron sosteniendo temerosos el pico. A pesar de su corta edad y lo débil que aparentaba físicamente sabían que  se trataba del nuevo líder de la Legión de Cobre. Del que se contaba estar a la par del Portador más fuerte de todos los tiempos.

—Esta, esta, esta, mina, está cerrada – titubearon los trabajadores.

—Ya veo.

Nad siguió su camino sin importarle lo que le acababan de decir. Ocultando su miedo y sudando, los mineros le bloquearon el  paso colocando los picos en forma de equis sobre su pecho.  

—Mmmmm.

Tomó los picos con fuerza. Las astillas se clavaron en sus guantes y los trozos de madera cayeron por la tierra. El mango cedió y las hachas salieron volando. Cuatro jóvenes y un perro se acercaron hacia su líder  retando a los trabajadores.

—Somos la Legión de Cobre y estamos en servicio. Les solicitamos que nos permitan continuar con nuestro trabajo – dijo Eli.

—¡Lo que escucharon!– exclamó Agelein.

—¡Jo,jo,jo! ¡La mejor Legión de todas ha llegado!

—Disculpen las molestias sólo queremos ayudar –agregó Kadu apenada.

—¡Guao! – ladró el perro.

Quienes se encontraban sellando la mina salieron para darle paso a los Portadores. Yuma quedó sorprendido de la confianza con que actuaban. Y pudo notar que era gracias a Nad.

—Yuma, quédate aquí – le pidió Nad. –Tú también – señaló al perro. 

—¿Vas a traer a mi papá de vuelta?

En los rostros de los jóvenes estaba marcada la determinación de que lograrían cualquiera cosa siempre que estuvieran juntos.

—Yuma, recuerda quiénes somos – Agelein le guiñó un ojo.

—El Grupo Chatarra – siguió Eli.

Desaparecieron en las profundidades de la mina sin saber qué encontrarían.  Aunque no lo dijera, Nad estaba emocionado por su primera misión como líder.

Para salir victoriosos el Grupo Chatarra tendrá que aprender a trabajar en equipo y confiar en ellos mismos. ¿Podrán encontrar al papá de Yuma? ¿Existirán las mantícoras?