BACIS 27. LA MANSIÓN DE LAS COSAS ROTAS

El Imperio de Otaez está divido en cuatro regiones. El Norte lleva por nombre Nertru, el Sur, Sunthaz, el Oeste, Vakaras y el Este, Austan. Los cuarteles de las Legiones se ubican en el extremo de cada región protegiendo lo que se conoce como las Esquinas de la Tierra. Más allá de eso está el vacío.  Sólo la Legión Rubí permanece en la capital para proteger al rey. Y la Legión de Cobre al ser fundada sin un propósito claro fue relegada a donde no estorbara.

El rumor del viento atravesando el bosque acompañaba el sonido de la carreta al pasar por la tierra. Este era el suroeste de Otaez, famoso por sus altas montañas y pinos. Los pueblos de la zona se dedicaban a la minería o la caza de animales.

—¡Oawwww, qué alto! – dijo Agelein viendo a los árboles.

—Deberías conocer los encinos de Nertru, tienen el doble de tamaño que estos – respondió Miz arriando los caballos.

—¡No le creo!

—Miz no miente, muchacho, pregúntale a nuestro líder.

—Nad, ¿es verdad lo que dice? Espera, ¿eres del norte?

—Sí.

Nad seguía acostado con la capucha sobre el rostro y el perro a sus pies. La espesura del bosque le recordaba a las mañanas en las que junto a su padre iban a recoger leña. De regreso, su madre ya tenía las verduras cortadas y la olla lista para poner a hervir el agua y preparar caldo.

—Hay que ir en cuanto podamos a tu pueblo, Nad, quiero conocer esos árboles.

—Mi pueblo…

Nad se quedó callado y Miz continuó por los montes. El paisaje no se parecía en nada a los campos floreados de la capital y sus edificios. Aquí los animales y el río vagaban sin temor. En el borde del carro, Eli disfrutaba su nueva libertad.

—Chófer, ¿ese es un cerezo?

—Así es, Majestad.

—Y ese  un arándano.

—Veo que sabe mucho de vegetación, Majestad.

—Sólo por los libros y cuando los traían al Palacio ya cosechados para comer.  Nunca vi uno en persona.

—Aquí tendrá mucho de dónde escoger, Majestad.

—Sólo Eli. Sólo dime Eli.

Encerrado en el palacio desde que nació  pasaba sus tardes observando por la ventana el resto de la ciudad. Escuchando el griterío y las risas de los niños al jugar. Sus criados lo interrumpían en cuanto se daban cuenta pidiéndole que no volviera a hacerlo. Ya que mancharía sus ojos viendo al pueblo.

—Casi llegamos, muchachos, les recomiendo que despierten a esa niña ¿no le hará daño dormir tanto? Me preocupa.

—Así déjela, Miz. Si la despertamos va comenzar a enfadar – dijo Agelein con malicia.

—Creí que era tu novia, muchacho.

—¡¿Mi novia?! ¡No! ¡Nunca!

Por encima de los pinos se dejó entrever el humo de las chimeneas. A esas horas las familias debían estar aprovechando para comer antes de regresar al trabajo. Sólo tenían un descanso a la media tarde y si no lo aprovechaban picarían las piedras de las minas con el estómago vacío

    La carreta siguió el camino marcado por la tierra. El pueblo al que llegaron sólo contaba con 20 casas, una calle en dirección recta  y un molino de agua. Las viviendas estaban hechas de madera muy vieja, húmedas por la constante lluvia que caía en esa región.

—Este lugar parece muerto, muchachos

—¡Miz, no me espantes! ¡Qué tal que nos encontramos en un pueblo fantasma!

—¡Una no puede dormir a gusto porque Don Llorón siempre anda chillando!

—Les dije que no había que despertarla. ¡Sariel los pueblos fantasmas existen!

—¡Cómo el tuyo de seguro!

—Sariel. Agel.

—¡Dinos, Nad!

—Cállense.

Adentró de las casas y con las chimeneas encendidas los pobladores espiaban a los nuevos visitantes. Cerraron las puertas y le pusieron seguro a las ventanas. Ocultaron a los niños debajo de las camas y los hombres tomaron el pico que utilizaban en las minas por si era necesario defenderse.

    No solían recibir inquilinos, sin contar a los Portadores de la Legión de Oro que mes con mes iban a cobrar los impuestos y verificar que sacaran la cantidad pedida por el rey en las minas.

—Deben estar incómodos por mi presencia – mencionó Eli.

—No es por usted, Majestad – habló Kadu callada hasta ese momento del viaje.

—¿Entonces qué es, Kadu Kadu? – preguntó Sariel muy amigable.

—No sé si el Amo me permita hablar.

—Haz lo que quieras. Y deja de decirme Amo.

—Esta gente no confía en los Portadores, mi legión y yo… ¡Perdón! Nuestra Legión tardó mucho tiempo en ganárselos y después de que todos mu-mu-mu-mu-murieran nadie  regresó a protegerlos.

—Ya veo.

Miz siguió por la única calle que daba hacia las faldas de la colina que cubría el poblado. Los habitantes al notar esto se animaron a salir de sus casas y vieron con atención a los forasteros. No cabía duda. Si seguían ese camino llegarían al Cuartel de la Legión de Cobre.

—¡Papá! ¡Es Kadu! – gritó un niño a los hombros de su padre.

—Shhhh, no sabemos qué intenciones tienen.

—Querido, son los nuevos integrantes. Regresaron, por fin regresaron – sollozó la esposa.

En la punta del cerro descansaba una mansión. Para llegar a ella se tenía que subir por unas escalinatas de piedra. Desde esa distancia notaron lo deteriorada de la casona. La carreta se  detuvo  donde iniciaba el camino de ascenso y sus pasajeros fueron bajando. Nad esperó a ser el último.

—Gracias, Miz.

-De nada, muchacho. Te deseo la mejor de las suertes y que pronto te reúnas con Lían.

—¡Señor Miz! ¡Gracias! –gritaron Agelein y Sariel subiendo los escalones. Eli sólo levantó la mano.

—¡Hasta luego, muchachos! ¡Si necesitan transporte, Miz siempre estará a su servicio como el chófer exclusivo de la Legión de Cobre!

—Puedes quedarte a descansar si quieres – dijo Nad.

—Me encantaría, muchacho, pero el negocio espera y debo aprovechar que estos caballos me han hecho caso tantos días seguidos. Además aquí cerca tengo dónde quedarme. Cuídate.

—Igual.

Miz dejó el poblado y Nad se encontró subiendo las escalinatas. El perro que venía siguiendo a Kadu desde Otaez  lo acompañó. Eli ya casi llegaba y Agelein y Sariel iban a mitad del camino brincando por los escalones. Kadu se quedó hasta atrás pensativa.

—No te quedes ahí.

—¡Disculpe, Amo, Nad! ¡Ya voy!

Las ventanas quebradas, el techo sin tejas, la hiedra invadiendo las paredes, las puertas caídas, los barandales oxidados, el jardín seco, excremento de ave. El Cuartel de la Legión de Cobre estaba al borde del colapso.

—¡Nad! ¡Este no es el cuartel que me prometiste! – gimió Agelein.

—Yo no te prometí nada.

—Creo que todavía estoy a tiempo de regresar con mi hermana, jo,jo,jo, jo – bromeó Sariel.

— ¿Cuánto tiempo llevará abandonada? – preguntó Eli.

—Ocho meses, Majestad – respondió Kadu.

—¿Ocho meses? ¿No había quién la cuidara?

—Yo, yo, yo, intenté quedarme, Majestad – Kadu quería llorar.

—Tranquila, disculpa mi comentario.

—Entremos – dijo Nad.

El perro se adelantó y fue a investigar su nueva casa. En el vestíbulo tuvieron que cubrirse la boca para no estornudar a causa del polvo acumulado durante esos meses.  La mansión estaba vacía, quedando sólo la arquitectura original.

—Si gustan puedo explicarles cómo está distribuido el Cuartel – comentó Kadu.

—Por favor, dime que hay un campo secreto de entrenamiento – dijo Agelein desilusionado.

—Claro, si me sigues te lo mostraré.

—Yo también voy – agregó Eli.

—Paso, iré a investigar por mi cuenta los mejores rincones para dormir – Sariel desapareció.

—Usted, Amo, Nad ¿Gusta venir con nosotros?

Nad tenía pensando acompañarlos y conocer mejor el lugar. Sin embargo lo distrajeron los ladridos del perro que regresaba de su inspección. A toda velocidad  en sus cuatro patas se acercó  mordiéndole el borde la capa para que lo siguiera.

—Luego los alcanzo.

Kadu se quedó con Eli y Agelein. Juntos fueron recorriendo las habitaciones y las salas de la mansión. Entre más avanzaban, más se sorprendía Agelein de lo grande del lugar.

—La mansión cuenta con 150 habitaciones distribuidas en cuatro pisos. Cinco cocinas, treinta baños, diez salas, un patio de entrenamiento, dos viveros, una biblioteca y un ático.

—¡¿Todo eso para cinco personas y un perro?! –exclamó Agelein.

—Ja,ja,ja, es que anteriormente aquí vivían todas esas personas – río Kadu nostálgica.

—¿Dónde se encuentra la biblioteca?

—Al fondo de este pasillo, Majestad.

-Gracias por el recorrido, Kadu. Si me necesitan estaré ahí.

¡Agelein! ¡Kadu, Kadu! ¿¡Me oyen!?

Encontraron a Sariel varias habitaciones adelante  observando un cuadro que colgaba de la pared. La pintura mostraba a la antigua Legión de Cobre posando afuera de la mansión. Sus rostros estaban borrosos a causa del paso del tiempo. En el centro sonreía una mujer de cabello cobrizo y en la esquina, con las manos sobre el rostro estaba pintada Kadu.

¿Es la líder Dríada. ¡Disculpen! La exlíder.

—Ohhhhh, qué guapa era.

—¡¿Te gustó Agelein?!

—¡De qué hablas, Sariel!

—Tienes razón, yo tengo a Nad, mi futuro esposo.

—¡Estás enloqueciendo!

—El cuadro  lo hizo el pintor favorito del rey. Vino hasta la mansión y nos pidió que vistiéramos el tabardo más limpio que tuviéramos. ¡Tardamos una semana en que terminara ya que ninguno se quedaba quieto!

—Kadu, ¿por qué no te quedas con el cuadro? – le propuso Sariel.

—Yo, no sé, tendría que pedírselo al Amo.

—Tómalo, yo le diré después en nuestra alcoba.

—¡Sariel! – exclamó Agelein.

El perro llevó a Nad hasta el ático. Para llegar se tenían que subir los cuatro pisos de la mansión y poner atención al techo. Nad alcanzó la cuerda de la entrada. El polvo se esparció por el pasillo y unas escaleras de madera rosaron  el piso.

    Subió y el perro fue detrás  tropezando con los escalones. De alguna manera esa sección  del Cuartel sobrevivió al saqueo. La habitación se encontraba tal como la habían dejado. Alguien tuvo que haber vivido ahí. Encontró la cama  medio tendida, el ropero abierto y el sillón con un plato encima de comida echada a perder.

—¡Guao! ¡Guao!

El perro insistió mordiendo la capa de Nad  llevándolo hacia el único escritorio del cuarto. Las plumas estaban esparcidas y el tintero seco junto a un par de  hojas en blanco.  Encontró un libro sobre la mesa tomándolo con cuidado ya que parecía muy viejo. Sopló para desempolvarlo y leyó el título de la portada.

Historia completa de los 99 mundos. VOLÚMEN I DE XCIX. Versión Crítica de… Lura Esseren.

El Cuartel de la Legión de Cobre guarda más secretos de lo que aparenta. Nad acaba descubrir un libro escrito por el hombre que le arrebató a su hermana y lo retó a encontrar Bacis. Las palabras que le dijo en su segundo encuentro comienzan a tener sentido. ¿Qué son los 99 mundos? ¿Y cómo supo esto el perro misterioso? Antes de descubrirlo el Grupo Chatarra tendrá que atender la puerta.