BACIS 26. EL GRUPO CHATARRA ESTÁ DE VUELTA

Han pasado dos meses desde que terminó el examen de Portadores. Los recién legionarios abandonaron la Capital del Mundo para iniciar  su adiestramiento e integrarse pronto al deber. Entre las noticias más comentadas hay una en especial que llegó a cada rincón de Otaez. No hay aldea, poblado, finca, villa, caserío o granja que no esté al tanto. La Legión de Cobre ha regresado y tiene un nuevo líder. Nad. El joven sin anillo que lleva clavada en el pecho una palabra. NADA.

Las calles de Otaez estaban más transitadas que de costumbre. Los últimos Portadores se retiraban de la ciudad y el poblado  quería estar cerca de su presencia. Los niños les pedían a sus padres que los cargaran para ver mejor y las jóvenes les lanzaban pañuelos a los guardianes del Imperio.

    Nad, Eli, Agelein y Sariel venían caminando. La gente a su alrededor platicaba en voz baja acerca del nuevo líder.

—Ese es el líder sin anillo.

vPero qué joven es.

—Da miedo sólo verlo.

—¿Será verdad que está al nivel del líder Ruber?

— Deben ser rumores.

Continuaron el trayecto acosados por las miradas de los ciudadanos y el murmullo de los nobles. El Grupo Chatarra estaba de regreso. La peor Legión de todas volvía con cinco integrantes, cada uno con anillos y personalidades diferentes. Lo único que podían esperar de ellos es que arruinaran sus misiones al igual que los miembros pasados.  

—Eli, ándale, vámonos en un carruaje y que Agelein cargue nuestras cosas. Ándale. Ándale.

—¡Yo no voy a estar cargando las cosas de nadie! Excepto si Nad lo requiere o usted Majestad.

—Sólo dime Eli. Lo siento, Sariel, decidí que no volveré a usar las carrozas del palacio.

—¡Nad! ¡Dile algo, tú eres su jefe!

—Cállense.

En la entrada principal del reino mercaderes, artistas, y aristócratas esperaban a ser atendidos para ingresar. Debían mostrar que su documentación estuviera en regla o explicar las intenciones de su visita. El oficial en turno revisaba los papeles y emitía un sello confirmado el estatus legal del solicitante.

—Nad, ¿cómo crees que sea el Cuartel General? – preguntó Agelein.

—No sé.

—¿Tendremos una habitación para cada uno?

—No sé.

Sin ningún asunto más que atender en la capital era momento de partir a  los Cuarteles Generales de la Legión de Cobre. El viaje duraría varias semanas, así que necesitaban una carreta  que pudiera llevarlos. De preferencia barata, ya que entre sus decisiones, Eli  rechazó el dinero al que tenía derecho como príncipe.

—Majestad, pase a este carruaje, podemos acomodarlo en un comportamiento a solas y que sus sirvientes se acomoden como puedan.

—Gracias, pero ellos no son mis sirvientes. Son mis compañeros de Legión y él –apuntó a Nad. – Es mi superior.

Continuaron buscando a quien pudiera trasladarlos sin tener que gastar mucho dinero. El resultado era casi siempre el mismo. Los chóferes alagaban a Eli e ignoraban que Nad fuera el líder. Al notar la capa negra y el parche en el ojo izquierdo recordaban que este era el joven sin anillo.

—¿Necesita transporte, líder?

—Miz.

A un lado de sus caballos, con la barriga más grande y el bigote recortado,  apareció Miz. El chófer que trajo a Nad la primera vez y que luego se llevó a Lían. Parecía irle bien en el negocio del transporte. Cambió  su carreta vieja por una más moderna y con mayor espacio. Aunque todavía no se igualaba a los carruajes reales.

—Lo lograste, te convertiste en Portador y ahora puedo ir de pueblo en pueblo presumiendo que fui yo quien te trajo.

—Lían, ¿está bien?

—La dejé con quien me dijiste. Es una niña bastante intranquila cuando toma confianza, adoptó a más de diez de gatos en el camino.

—Ya veo – sonrió Nad por dentro.

—¿Quieren que los lleve entonces a donde van?

—No tengo tanto dinero para darte como la última vez.

—¿Dinero? Muchacho, somos amigos, Miz no te cobrará ni un lingote. Además el negocio está floreciendo.

—¡Viaje Gratis! – gritaron Agelein y Sariel.

—¡Ya lo amo barrigón, Miz! No tanto como a Nad, mi futuro esposo.

—¡Sariel! – exclamó Agelein.

—Suban, antes de que estos caballos dejen de hacerme caso.

Treparon a la carreta listos para irse. Agelein quiso acompañar a Miz al frente, Sariel encontró un hueco para dormir, Eli se sentó en el borde y Nad se acostó con la capucha en el rostro y los brazos detrás de la cabeza. El chófer agitó las riendas y los caballos avanzaron.

—Nad – dijo Eli.

—¿Qué?

—Creo que olvidamos algo.

—¿Qué cosa?

— A ella.

Esquivando los baúles llenos de joyas, las cajas de mercancía, los paquetes de comida y los cuadros de los pintores más reconocidos del momento corría la última integrante original de la Legión de Cobre. Intentado alcanzar la carreta y  junto a  un perro persiguiéndola.

—¡Amo, Nad! ¡Espere!

Miz se detuvo para que la joven pudiera subir. Su timidez no le permitió dirigirse a sus nuevos compañeros y con las manos en la boca intentó cubrirse. El perro que venía detrás se subió de un brinco y lo primero que hizo fue acurrarse encima de las piernas de Nad.

—Amo, Nad. Le pido una disculpa por haberlos perdido de vista. Yo quería decirle que…

—¿Y este perro?

—Me viene persiguiendo y no sé por qué. Amo, yo quería decirle que…

—¿Cuál era tu nombre?

—Kadu, y quería decirle que…

—No me digas Amo y sobre el perro … Puede quedarse.

—Amo, perdón, Líder, el perro no es mío y yo quería decirle que…

—Muchacho, si no nos vamos pronto estos caballos dejarán de hacerme caso.

—Ya veo. Hay que partir.

—Amo, Líder, Amo, es que yo quería decirle que…

—¡Directo a los Cuarteles de la Legión de Cobre! –gritó Agelein entusiasmado.

 El sonido de los caballos al cabalgar, el choque entre la avenida empedrada con la rueda de la carreta y el entusiasmo de Agelein no permitieron que Kadu le dijera lo que quería. La Capital quedó atrás.  

Al sur de Otaez, justo donde los límites del mundo comienzan a ser difusos y la oscuridad domina yacen los restos de una ciudad. Un extenso bosque carbonizado permanece silencioso  junto al inerte ejército muerto hace años. Las catapultas se encuentran a medio disparo, los caballos con el pecho en el aire y los soldados alzando las espadas. Llueve ceniza sobre esta antigua  ciudad y lo único que ha quedado intacto es un reloj colocado en la torre principal y que lleva marcando la misma hora desde hace una década. 15:00 am.

Las cortinas cubrían los ventanales del salón. En otro tiempo este lugar fue testigo de numerosos bailes y festejos. La gente comía y danzaba hasta que los músicos dejaran de tocar. Ahora el polvo y las telarañas construidas en las esquinas del techo reclamaban el lugar como suyo.

    En el centro de la pista, como si la fiesta jamás hubiera acabado posaban inmóviles las parejas listas. Sus cuerpos estaban hechos de ceniza. Cualquier roce o soplido podría desvanecerlos.

—Hemos llegado.

—Tizón, Zygen Kérbero, Addilfa, ¿lo recuerdan?  Aquel  día bailamos porque moriríamos y a la muerte siempre hay que recibirla celebrando. ¿Qué noticias traen?

Rodeado de las parejas petrificadas y hablando casi en un susurro un joven  se movía entre las figuras y con los dedos seguía su contorno. Dibujaba en el aire los rostros y pisaba cuidadoso. En frente cuatro caballeros se hincaron ante su presencia.

—Este año ingresaron menos Portadores a las Legiones.

—¿Qué hay de los que no aprobaron?

—Les fueron abarrotados sus anillos.

—Igual que siempre.

—Muchos también decidieron no presentar el examen.

—Buscan a los rebeldes, imagino.

—Así es.

—¿Y nuestros rumores?

—Llegaron hasta oídos de los cinco líderes.

—Es momento de que demos el segundo paso.

—¿Se refiere al reloj?

— Me refiero al regreso de los Heraldos Negros.

Los cuatro caballeros vestían una armadura atestada en negro y un casco con el rostro de la muerte. A los costados traían envainada sus espadas, las cuales estaban hechas de obsidiana. Cada uno portaba un anillo sobre sus guantes: Rubí, Esmeralda, Oro y Cobre.

—Hay algo que olvidé mencionar – agregó el Heraldo llamado Tizón. —Es sobre la Legión de Cobre.

—¿La Legión de Cobre?

—Han vuelto.

—¿Cómo que han vuelto?

—Tienen nuevos miembros y otro líder. Se llama Nad.

—¿Alguno de ellos sabe?

—No que hayamos descubierto, pero su líder es diferente.

—¿Te refieres a su anillo?

—Eso es lo extraño. No usa ninguna sortija. Dicen que la palabra está clavada en su pecho

—Sólo un Dios pudo haber hecho eso. Y el único que se quedó en la Tierra fue…

—Padre.  

—La muerte trae consigo nuevas caras y el pasado siempre nos alcanza. Otaez, el Imperio que quiso borrarnos de la historia caerá dentro de poco. Esta vez lo lograremos, por todos los que cayeron esa madrugada a manos del sol– el joven beso su anilló Rubí y junto a los Heraldos Negros dejó el salón. Abandonadas, quedaron las parejas de ceniza. Esperando ser despertadas.

La Legión de Cobre regresa y su líder estremece al pueblo. Nad, Eli, Agelein, Sariel y Kadu no lo saben, pero su aparición ha movido los hilos del mundo. Figuras que permanecieron ocultas o en secreto durante años han decidido iniciar con sus planes. ¿Podrá el Grupo Chatarra contra lo que se avecina?